quarta-feira, 20 de dezembro de 2017

professor de ofício

Mercedes Sosa






Mi oficio de profesor es el oficio
De los que tienen guitarras en el alma
Yo tengo mi taller en las entrañas
Y mi única herramienta es la garganta.

Aquí canta un profesor,
que muy mucho ha caminado
y ahora debería vivir tranquilo,
en el Cerro colorado

Trabajando
Trabajando duramente, trabajando sí
Trabajando e va de luto, trabajando sí
Trabajando e no le pagan, trabajando sí
Trabajando e va tosiendo, trabajando sí

Tendrán que parar la lluvia,
tendrán que apagar el sol,
tendrán que matar el canto


tendrán que matar el viento
que dice lucha y amor

Profesor de oficio con 
guitarras en el alma
libranos de aquel que nos domina en la miseria
traenos tu reino de justicia e igualdad
.











Cantor de Oficio


Mi oficio de cantor es el oficio
De los que tienen guitarras en el alma
Yo tengo mi taller en las entrañas
Y mi única herramienta es la garganta.

Mi oficio de cantor es el mas lindo
Yo puedo hacer jardín de los desiertos
Y puedo revivir algo ya muerto
Con solo entonar una canción.

Yo canto siempre a mi pueblo
Porque del pueblo es mi voz
Si pertenezco yo al pueblo
Tan sólo del pueblo será mi canción.

Nadie debe creer que el cantor
Pertenece a un mundo extraño
Donde todo es escenario y fantasía
El cantor es un hombre más que anda
Transitando las calles y los días
Sufriendo el sufrimiento de su pueblo
Y latiendo también con su alegría.

Mi oficio de cantor es tan hermoso
Que puedo hacer amar a los que odian
Y puedo abrir las flores en otoño
Con solo entonar una canción.


Composição: Miguel Ángel Morelli





Chacarera de las piedras





Héctor Roberto Chavero, artísticamente Atahualpa Yupanqui, tuvo a su lado una mujer extraordinaria, Antonieta Paula Pepín Fitzpatrick, que escribió la música de más de cuarenta canciones, firmadas con el seudónimo de Pablo del Cerro. Pero, esta chacarera desgraciadamente no fue profética y el caminante que vivía tranquilo en el Cerro Colorado tuvo que abandonar el tranquilo e idílico refugio cordobés y emigrar a Europa como refugiado político. Tras su muerte en Nimes (Francia) el 23 de Mayo de 1992, sus restos fueron trasladados al lugar que tanto amaba el poeta y donde hoy descansa.

En su casa principal en el Cerro Colorado hoy se conservan los recuerdos del cantor, sus fotos (una dedicada por el propio Che Guevara), sus pergaminos con su propia escritura y premios de toda clase. Dos guitarras descansan en un sillón del salón y la habitación en que dormía permanece igual que en otros tiempos. Lo único que ha cambiado es la cocina, que ahora es una biblioteca con más de tres mil volúmenes.

Mercedes Sosa la interpretó en directo el año 1980 en un recital que tuvo lugar en Lugano, Suiza. Le acompaña a la guitarra Nicolás Brizuela.




CHACARERA DE LAS PIEDRAS


Letra: Paula Pepín
Música: Atahualpa Yupanqui

Aquí canta un caminante, 

que muy mucho ha caminado 
y ahora vive tranquilo, 
en el Cerro colorado

Largo mis coplas al viento, 
por donde quiera que voy. 
Soy árbol lleno de frutos, 
como plantita 'e mistol

Cuando ensillo mi caballo, 
me largo por las arenas 
y en la mitad del camino, 
ya me he olvidado de las penas

Caminiaga, Santa Elena, 
El Churqui, Rayo Cortado: 
no hay pago como mi pago. 
¡Viva el Cerro Colorado!

A la sombra de unos talas 
yo he sentido, de un repente, 
a una moza que decía: 
"-sosiegue que viene gente".

Te voy a dar un remedio, 
que es muy bueno pa' las penas: 
grasita de iguana macho, 
mezcla'ita con yerba buena

Chacarera de las piedras, 
criollita como ninguna: 
no te metas en los montes, 
si no ha salido la luna

Caminiaga, Santa Elena, 
El Churqui, Rayo Cortado: 
no hay pago como mi pago. 
¡Viva el Cerro Colorado!




Vocabulario:

Cerro colorado: localidad cordobesa donde Yupanqui estableció su hogar y descansan sus restos

Largar: (americ) arrojar; tirar con fuerza

Mistol: (quechua) variedad de árbol espinoso, que da unos frutos rojos

Caminiaga, Santa Elena: localidades cordobesas cercanas al Cerro Colorado

El Churqui, Rayo Cortado: localidades cordobesas cercanas al Cerro Colorado

Churqui: (americ) arbusto oxalidáceo, que es una especie de acacia de hasta unos 50 cm. de altura

Tala: (quechua) árbol urticáceo de gran altura, madera fuerte y flores de color verde amarillento

Iguana: reptil saurio provisto de gran papada y una cresta espinosa a lo largo del dorso

Criollo: autóctono; se contrapone a indio y a foráneo.





Duerme negrito





Duerme Negrito

Duerme, duerme, negrito
Que tu mama está en el campo negrito
Duerme, duerme, mobila
Que tu mama está en el campo, mobila

Te va traer codornices
Para ti
Te va a traer rica fruta
Para ti
Te va a traer carne de cerdo
Para ti
Te va a traer muchas cosas
Para ti

Y si el negro no se duerme
Viene el diablo blanco
Y Zas! le come la patita
Chacapumba, chacapumba, apumba, chacapumba
Duerme, duerme, negrito
Que tu mama está en el campo, Negrito

Trabajando
Trabajando duramente, trabajando sí
Trabajando e va de luto, trabajando sí
Trabajando e no le pagan, trabajando sí
Trabajando e va tosiendo, trabajando sí

Para el negrito chiquitito
Para el negrito si
Trabajando sí, trabajando sí
Duerme, duerme, negrito
Que tu mama está en el campo
Negrito, negrito, negrito


Composição: Atahualpa Yupanqui




A Victor





A Víctor

No puede borrarse el canto
con sangre del buen cantor
después que ha silbado el aire
los tonos de su canción.

Los pájaros llevan notas
a casa del trovador;
tendrán que matar el viento
que dice lucha y amor.

Tendrán que callar el río,
tendrán que secar el mar
que inspiran y dan al hombre
motivos para cantar.

No puede borrarse el canto
con sangre del buen cantor,
tendrán que matar el viento
que dice lucha y amor.

Tendrán que callar el río,
tendrán que secar el mar
que inspiran y dan al hombre
motivos para cantar.

Tendrán que parar la lluvia,
tendrán que apagar el sol,
tendrán que matar el canto
para que olviden tu voz.



Composição: Otilio Galíndez / Roberto Todd





Plegaria A Un Labrador




Plegaria A Un Labrador



Levántate y mira la montaña
de donde viene el viento, el sol y el agua,
tú que manejas el curso de los ríos
tú que sembraste el vuelo de tu alma.

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano,
juntos iremos unidos en la sangre
hoy es el tiempo que puede ser mañana.

Libranos de aquel que nos domina en la miseria
traenos tu reino de justicia e igualdad.

Sopla como el viento la flor de la quebrada
limpia como el fuego el cañón de tu fusil,
hágase por fin tu libertad aquí en la tierra
danos tu fuerza y tu valor al combatir,
Sopla como el viento la flor de la quebrada
limpia como el fuego el cañón de tu fusil.

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano,
juntos iremos unidos en la sangre
ahora y en la hora de nuestra muerte amén
a - a - mén, a - a - mén.


Composição: Victor Jara






Canción Con Todos




Canción Con Todos


Salgo a caminar
Por la cintura cósmica del sur
Piso en la región
Más vegetal del viento y de la luz
Siento al caminar
Toda la piel de América en mi piel
Y anda en mi sangre un río
Que libera en mi voz
Su caudal

Sol de alto Perú
Rostro Bolivia, estaño y soledad
Un verde Brasil besa a mi Chile
Cobre y mineral
Subo desde el sur
Hacia la entraña América y total
Pura raíz de un grito
Destinado a crecer
Y a estallar

Todas las voces, todas
Todas las manos, todas
Toda la sangre puede
Ser canción en el viento

¡Canta conmigo, canta
Latinomericano
Libera tu esperanza
Con un grito en la voz!

Todas las voces todas
Todas las manos todas
Toda la sangre puede, ser canción en el viento
Canta con migo canta, hermano americano
Libera tu esperanza con un grito en la voz

Composição: Armando Tejada Gomez




Somos Cinco Mil - Víctor Jara





Poema Escrito por Víctor Jara poco antes de ser asesinado por Oficiales en el Estadio Chile en 1973



Somos cinco mil
Ángel Parra



(Fragmento del poema de Víctor Jara "Estadio Chile")


Somos cinco mil aquí
en esta pequeña parte la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total
en las ciudades y en todo el país?
Sólo aquí,
diez mil manos que siembran
y hacen andar las fábricas.
Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura.

Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.
Uno muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse
todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra un muro
pero todos con la mirada fija en la muerte.
¡Qué espanto produce el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es un acto de heroísmo.
¿Es este el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número
que no progresa.
Que lentamente querrá más la muerte.

Pero de pronto me golpea la consciencia
y veo esta marea sin latido
y veo el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.
¿Y México, Cuba y el mundo?
¡Qué griten esta ignominia!
Somos diez mil manos
menos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente
.


Composição: Angel Parra / Victor Jara





Miguel Angel Morelli: "Cantor de Oficio"





segunda-feira, 18 de dezembro de 2017

Júlio Verne: Viagem ao Centro da Terra / XXX

Júlio Verne



Viagem ao Centro da Terra/XXX





A princípio, nada vi. Meus olhos, desacostumados com a luz, fecharam-se bruscamente. Quando consegui reabri-los, fiquei mais estupefato do que maravilhado. 

- O mar! - gritei.

- Sim - respondeu meu tio -, o mar Lidenbrock, e agrada-me acreditar que não disputarei com nenhum navegador a honra de tê-lo descoberto e o direito de dar- lhe meu nome.

Um vasto lençol de água, o começo de um lago ou de um oceano, estendia-se para além dos limites da visão. Amplamente chanfradas, as margens ofereciam às últimas ondulações das ondas, uma areia fina, dourada, semeada de conchinhas, em que viveram os primeiros seres da Criação. As ondas quebravam-se com aquele murmúrio sonoro típico dos meios fechados e imensos. Uma leve espuma esvoaçava com o sopro de um vento moderado, e alguns respingos alcançavam-me o rosto. Naquela praia levemente inclinada, a mais ou menos cem toesas dos limites das ondas, vinham morrer os contrafortes de enormes rochedos, que se erguiam abrindo-se a uma altura incomensurável. Alguns, rasgando a margem com sua aresta aguda, formavam cabos e promontórios roídos pela ressaca. Mais além, sua massa formava um perfil claramente desenhado sobre o fundo nebuloso do horizonte.

Era um verdadeiro oceano, com o contorno caprichoso das costas terrestres, mas deserto e de aspecto terrivelmente selvagem. Se meus olhos podiam acompanhar aquele vasto mar até bem longe, era porque uma luz "especial" iluminava seus menores detalhes. Não a luz do sol com seus feixes resplandecentes e a esplêndida irradiação de seus raios, nem o clarão pálido e vago do astro das noites, que não passa de um reflexo sem calor. Não. O poder de iluminação dessa luz, sua difusão bruxuleante, sua brancura clara e seca, sua temperatura pouco elevada, seu brilho, na realidade superior ao da lua, acusavam com clareza uma origem elétrica. Aquela caverna capaz de conter um oceano era preenchida como por uma aurora boreal ou um fenômeno cósmico contínuo.

A abóbada suspensa acima de minha cabeça, o céu, de certa forma, parecia constituído de grandes nuvens, vapores móveis e cambiantes, que, sob o efeito da condensação, deviam, em certos dias, resolver-se em chuvas torrenciais. Eu tenderia a acreditar que sob tão forte pressão da atmosfera a evaporação da água era impraticável, e, no entanto, por um motivo físico que não sabia explicar havia grandes aglomerações de nuvens no ar. Naquele momento, "o tempo estava bom". As camadas elétricas produziam surpreendentes jogos de luz em nuvens muito altas. Sombras vivas desenhavam-se em suas volutas inferiores, e, com frequência, um raio esgueirava-se até nós com uma intensidade notável entre duas camadas separadas. Porém, em suma, não era o sol, pois não havia calor junto à luz. O efeito era triste, soberanamente melancólico. Em vez de um firmamento resplandecente de estrelas, sentia sobre aquelas nuvens uma abóbada de granito que me esmagava com todo o seu peso, e aquele espaço não bastaria, por mais imenso que fosse, ao passeio do satélite menos ambicioso. Lembrei-me então da teoria de um capitão inglês que assimilava a Terra a uma ampla esfera oca, no interior da qual o ar se mantinha luminoso em decorrência de sua pressão, enquanto dois astros, Plutão e Proserpina, nele traçavam suas órbitas misteriosas. Teria razão?

Estávamos realmente aprisionados numa enorme escavação. Não era possível avaliar sua largura, já que as margens abriam-se a perder de vista, nem seu comprimento, pois o olhar era logo detido por uma linha de horizonte um tanto indecisa. Quanto à sua altura, podia ultrapassar muitas léguas. Não dava para ver onde aquela abóbada se apoiava nos contrafortes de granito; mas havia um grande aglomerado de nuvens suspenso na atmosfera, cuja elevação podia ser estimada em duas mil toesas, altitude superior à dos vapores terrestres, sem dúvida devido à densidade considerável do ar. É claro que o termo "caverna" não descreve exatamente aquele ambiente imenso. Nenhuma palavra da língua humana é suficiente para quem se aventura nos abismos do globo.

Além disso, não sabia por qual fato geológico explicar a existência de tal escavação. Será que fora produzida pelo resfriamento do globo? Conhecia bem algumas cavernas célebres por relatos de viajantes, mas nenhuma apresentava tais dimensões.

Se a gruta de Guachara, na Colômbia, visitada por Humboldt, não revelara o segredo de sua profundidade ao sábio, que a percorreu por uma extensão de dois mil e quinhentos pés, é provável que ela não se prolongasse muito mais que isso.

A imensa caverna de Mammouth, no Kentucky, tinha realmente proporções gigantescas, pois sua abóbada erguia-se quinhentos pés acima de um lago insondável, e muitos viajantes percorreram-na por mais de dez léguas sem chegar a seus limites. Mas o que eram aquelas cavidades perto da que eu admirava então, com seu céu de vapores, suas irradiações elétricas e um vasto mar encerrado em seus flancos? Minha imaginação sentia-se impotente diante daquela imensidão. Contemplava em silêncio todas aquelas maravilhas. Faltavam-me palavras para transmitir minhas sensações. Acreditava estar assistindo em algum planeta longínquo, Urano ou Netuno, a fenômenos dos quais minha natureza terrestre não tinha consciência. Seriam necessárias palavras novas para novas sensações, mas minha imaginação não era capaz de fornecê-las. Olhava, pensava, admirava com um estupor misturado a uma certa dose de medo.

O imprevisto daquele espetáculo fizera com que as cores da saúde voltassem a meu rosto; estava sendo submetido a um tratamento de surpresa e curado por uma nova terapêutica. Além disso, a vivacidade de um ar muito denso reanimava me, fornecendo mais oxigênio a meus pulmões.

Não é difícil imaginar que, após um aprisionamento de quarenta e sete dias numa galeria estreita, era um prazer imenso aspirar aquela brisa carregada de úmidas emanações salinas.

Não tinha por que me arrepender de ter abandonado minha gruta obscura. Meu tio, já acostumado àquelas maravilhas, não se surpreendia mais.

- Você sente que tem forças para passear um pouco? - perguntou-me.

- Claro, nada mais agradável - respondi.

- Então pegue no meu braço e sigamos as sinuosidades da costa, Axel.

Aceitei com presteza e começamos a caminhar pelas margens daquele novo oceano. À esquerda, rochedos abruptos, uns sobre os outros, formavam um amontoado titanesco de efeito prodigioso. De seus flancos desciam inúmeras cascatas que formavam lençóis límpidos e retumbantes.

Saltando de uma rocha para outra, alguns vapores leves assinalavam o local de fontes quentes, e riachos corriam suavemente em direção à bacia comum, procurando, nas vertentes, a ocasião de murmurar de forma mais agradável. Dentre os riachos, reconheci nosso fiel companheiro de viagem, Hans Bach, que acabara de se perder tranquilamente no mar, como se nunca tivesse feito outra coisa desde o começo do mundo.

- Sentiremos saudades dele! - suspirei.

- Bah! - respondeu o professor. - Tanto faz ele como outro!

Achei sua réplica um tanto ingrata. Naquele momento, contudo, um espetáculo inesperado chamou minha atenção. A quinhentos passos, num meandro de um promontório elevado, apareceu uma floresta alta, cerrada e densa.

Era formada por árvores de tamanho médio, semelhantes a guarda-sóis regulares, contornos claros e geométricos; as correntes atmosféricas pareciam não provocar qualquer efeito em sua folhagem, que, em meio aos sopros, permanecia imóvel como um maciço de cedros petrificados. Apressei o passo, não conseguia encontrar um nome para aquelas essências singulares. Não se situavam entre as duzentas mil espécies vegetais conhecidas até então. Seria preciso atribuir-lhes um lugar especial na flora das vegetações lacustres? Não. Quando chegamos à sua sombra, minha surpresa não foi maior do que minha admiração. Estava diante de produtos da terra, mas de tamanho gigantesco. Meu tio logo chamou-os pelo seu nome.

- Não passa de uma floresta de cogumelos - disse.

Estava certo. Imaginem o desenvolvimento dessas plantas típicas de ambientes quentes e úmidos. Sabia que o Lycoperdon giganteum atinge, segundo Bulliard, oitocentos a novecentos pés de circunferência; aqui, porém, tratava-se de cogumelos brancos de trinta a quarenta pés de altura, com uma cúpula de diâmetro igual. Havia milhares deles. A luz não conseguia varar sua sombra espessa, e a mais completa escuridão reinava sob aqueles domos justapostos como os tetos redondos de uma aldeia africana. Quis prosseguir. Um frio mortal descia daquelas abóbadas carnudas. Erramos por cerca de meia hora entre aquelas trevas úmidas, e foi com um verdadeiro sentimento de bem-estar que voltei à beira do mar.

A vegetação daquela região subterrânea não se limitava àqueles cogumelos. Mais adiante, erguiam-se em grupos um grande número de outras árvores de folhagem descolorida. Eram fáceis de reconhecer: não passavam de humildes arbustos da terra de dimensões fenomenais, licopódios de cem pés de altura, sigilariáceas gigantes, fetos arborescentes, altos como os pinheiros das grandes latitudes, lepidodendráceas com ramos cilíndricos bifurcados, arrematadas por folhas longas e eriçadas, de pelos ásperos, como monstruosas plantas de folhas espessas e carnudas.

- Surpreendente, magnífico, esplêndido! - exclamou meu tio. - Eis toda a flora do segundo período do mundo, a época da transição. Eis as humildes plantas de nossos jardins, que eram árvores nos primeiros séculos do mundo! Olhe, Axel, admire!

Nunca um botânico esteve diante de tamanha festa.

- O senhor tem razão, meu tio. A Providência parece ter tido vontade de conservar nesta estufa imensa as plantas antediluvianas, reconstruídas com tanta precisão pelos sábios.

- Você está certo, filho, é uma estufa; mas seria ainda melhor se acrescentasse que talvez se trate de um museu de plantas raras.

- Plantas raras!

- Com certeza. Veja essa poeira que pisamos, as ossadas espalhadas pelo chão.

- Ossadas! - exclamei. - Claro, ossadas de animais antediluvianos!

Precipitara-me para aqueles restos seculares feitos de uma substância mineral indestrutível. Denominei sem hesitar aqueles ossos gigantescos que pareciam troncos de árvore ressecados.

- Olhe o maxilar inferior do mastodonte - eu disse. - Os molares do dinotério, um fêmur que só pode ter pertencido ao maior de todos esses animais, o megatério. Ora, é exatamente um museu de peças raras, pois essas ossadas com certeza não foram transportadas até aqui por um cataclismo. Os animais aos quais pertencem viveram às margens deste mar subterrâneo, à sombra destas plantas arborescentes. Veja só, há esqueletos completos. E, no entanto...

- No entanto? - disse meu tio.

- Não entendo a presença desses quadrúpedes nesta caverna de granito. - Por quê?

- Porque a vida animal só começou a existir na Terra na era secundária, quando o terreno sedimentar foi formado pelos aluviões e substituiu as rochas incandescentes da era primária.

- É bem fácil esclarecer a sua dúvida, Axel, este terreno aqui é sedimentar.

- Como! A essa profundidade da superfície da terra!

- É possível explicar o fato geologicamente. Num determinado período, a Terra era formada apenas por uma crosta elástica, sujeita a movimentos alternados de cima para baixo em virtude das leis de atração. Provavelmente ocorreram desmoronamentos do solo, sendo que uma parte dos terrenos sedimentares foi arrastada para o fundo dos abismos que se abriram de repente.

- Deve ser isso mesmo. Mas, se essas regiões subterrâneas foram habitadas por animais antediluvianos, quem nos garante que um desses monstros não está errando ainda por estas florestas escuras ou atrás destas rochas escarpadas? Esquadrinhei, não sem temor, os vários pontos do horizonte; mas não havia qualquer ser vivo naquelas costas desertas.

Estava um pouco cansado. Fui sentar-me então na ponta de um promontório, sob o qual as ondas se quebravam ruidosamente. Dali, meus olhos abraçavam toda aquela baía formada por uma chanfradura da costa. Ao fundo, um portinho abrigado por duas rochas piramidais. Suas águas calmas dormiam, protegidas do vento. Receberiam com conforto um brique ou duas ou três escunas. Quase esperava avistar algum navio desfraldando suas velas e alcançando o largo sob a brisa do sul.

Mas aquela ilusão dissipou-se com rapidez. Éramos realmente as únicas criaturas vivas naquele mundo subterrâneo. Às vezes, quando o vento se acalmava, descia um silêncio mais profundo que o silêncio do deserto sobre as rochas áridas que pesavam na superfície do oceano. Tentava então varar as brumas distantes, rasgar a cortina do fundo misterioso do horizonte. Quais as perguntas que me subiam aos lábios? Onde terminava aquele mar?

Para onde levava? Será que um dia abordaríamos as margens opostas? Meu tio não tinha a menor dúvida a esse respeito. Eu desejava e ao mesmo tempo temia isso. Após uma hora de contemplação do maravilhoso espetáculo, tornamos ao caminho da praia para voltar à gruta. Adormeci profundamente sob o domínio dos pensamentos mais estranhos.





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Júlio Verne: Viagem ao Centro da Terra / XXVII

Júlio Verne: Viagem ao Centro da Terra / XXVIII

Júlio Verne: Viagem ao Centro da Terra / XXIX

Júlio Verne: Viagem ao Centro da Terra / XXXI





Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos IX

Cruz e Sousa

Obra Completa
Volume 1
POESIA



O Livro Derradeiro
Primeiros Escritos

Cambiantes
Outros Sonetos Campesinas
Dispersas
Julieta dos Santos




OUTROS SONETOS 








SURDINAS
                Às raparigas tristes


Vais partir, vais partir que eu bem te vejo 
Na branca face os gélidos suores, 
Vais procurar as músicas melhores 
Do sol, da glória e do celeste beijo.

Dentro de ti as harpas do desejo 
Não vibram mais – embora que tu chores – 
Nem pelas tuas aflições maiores 
Se escuta um vago e enfraquecido arpejo...

Bem! vais partir, vais demandar esferas 
Amplas de luz, feitas de primaveras, 
Paisagens novas e amplidão florida...

Mas ao chegar-te a lágrima infinita, 
Lembra-te ainda, ó pálida bonita, 
De que houve alguém que te adorou na vida.




IRRADIAÇÕES 
               Às crianças


Qual da amplidão fantástica e serena 
À luz vermelha e rútila da aurora 
Cai, gota a gota, o orvalho que avigora 
A imaculada e cândida açucena.

Como na cruz, da triste Madalena 
Aos pés de Cristo, a lágrima sonora 
Caiu, rolou, qual bálsamo que irrora 
A negra mágoa, a indefinida pena...

Caia por vós, esplêndidas crianças, 
Bando feliz de castas esperanças, 
Sonhos da estrela no infinito imersas;

Caia por vós, às músicas formosas, 
Como um dilúvio matinal de rosas, 
Todo o luar benéfico dos versos!




AMBOS

Vão pela estrada, à margem dos caminhos 
Arenosos, compridos, salutares, 
Por onde, à noite, os límpidos luares 
Dão às verduras leves tons de arminhos.

Nuvens alegres como os alvos linhos 
Cortam a doce compridão dos ares, 
Dentre as canções e os tropos singulares 
Dos inefáveis, meigos passarinhos.

Do céu feliz na branda curvidade, 
A luz expande a inteira alacridade, 
O mais supremo e encantador afago.

E com o olhar vibrante de desejos 
Vão decifrando os trêmulos arpejos, 
E as reticências que produz o vago.




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Sousa, Cruz e, 1861-1898 Obra completa : poesia / João da Cruz e Sousa ; organização e estudo por Lauro Junkes. – Jaraguá do Sul : Avenida ; 2008. v. 1 (612 p.)

Edição comemorativa dos 110 anos de falecimento e do traslado dos restos mortais de Cruz e Sousa para Santa Catarina.


O diferencial mais arrojado desta organização reside na opção por buscar maior aproximação ao evoluir poético do instaurador do Simbolismo no Brasil. Seus poemas inéditos, na absoluta maioria anteriores à sua fase simbolista, foram aos poucos sendo recolhidos e publicados sob o título O Livro Derradeiro, que muitas vezes tem provocado interpretações errôneas. Se o livro foi o derradeiro na sua organização, os poemas não pertencem à última fase do poeta e não representam a madureza do pensamento e da arte poética do autor. Optamos, então, por colocar esse livro em primeiro lugar, antes da sua trilogia de livros simbolistas, que, estes sim, representam a arte madura do poeta.


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Leia também:

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos I

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos II

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos III

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos IV

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos V

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos VI

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos VII

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos VIII

Cruz e Sousa - Poesias Completas: Outros Sonetos X



sábado, 16 de dezembro de 2017

Dom Casmurro: O Velho Pádua


Machado de Assis

Dom Casmurro





CAPÍTULO LII
O Velho Pádua



Já agora conto também os adeuses do velho Pádua. Logo cedo veio à nossa casa. Minha mãe disse-lhe que fosse falar-me ao quarto. 

– Dá licença? perguntou metendo a cabeça pela porta. 

Fui apertar-lhe a mão; ele abraçou-me com ternura. 

– Seja feliz! disse-me. A mim e a toda a minha gente creia que ficam muitas saudades. Todos nós estimamos muito o senhor, como merece. Se lhe disserem outra coisa, não acredite. São intrigas. Também eu, quando me casei, fui vítima de intrigas; desfizeram-se. Deus é grande e descobre a verdade. Se algum dia perder sua mãe e seu tio, – coisa que eu, por esta luz que me alumia, não desejo, porque são boas pessoas, excelentes pessoas, e eu sou grato às finezas recebidas... Não, eu não sou como outros, certos parasitas, vindos de fora para desunião das famílias, aduladores baixos, não; eu sou de outra espécie; não vivo papando os jantares nem morando em casa alheia... Enfim, são os mais felizes! 

– Por que falará assim? pensei. Naturalmente sabe que José Dias diz mal dele. 

– Mas, como ia dizendo, se algum dia perder os seus parentes, pode contar com a nossa companhia. Não é suficiente em importância, mas a afeição é imensa, creia. Padre que seja, a nossa casa está às suas ordens. Quero só que me não esqueça; não esqueça o velho Pádua... 

Suspirou e continuou: 

– Não esqueça o seu velho Pádua, e, se tem algum trapinho que me deixe em lembrança, um caderno latino, qualquer coisa, um botão de colete, coisa que já lhe não preste para nada. O valor é a lembrança. 

Tive um sobressalto. Havia embrulhado em um papel um cacho dos meus cabelos, tão grandes e tão bonitos, cortados na véspera. A intenção era levá-los a Capitu, ao sair; mas tive ideia de dá-lo ao pai, a filha saberia tomá-lo e guardá-lo. Peguei do embrulho e dei-lho. 

– Aqui está; guarde. 

– Um cachinho dos seus cabelos! exclamou Pádua abrindo e fechando o embrulho. Oh! obrigado! obrigado por mim e pela minha gente! Vou dá-lo à velha, para guardá-lo, ou à pequena, que é mais cuidadosa que a mãe. Que lindos que são! Como é que se corta uma beleza destas? Dê cá um abraço! outro! mais outro! adeus! 

Tinha os olhos úmidos deveras; levava a cara dos desenganados, como quem empregou em um só bilhete todas as suas economias de esperanças, e vê sair branco o maldito número, – um número tão bonito!






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Texto de referência:

Obras Completas de Machado de Assis, vol. I,
Nova Aguilar, Rio de Janeiro, 1994.

Publicado originalmente pela Editora Garnier, Rio de Janeiro, 1899.

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Dom Casmurro: Capítulo XLIX / Uma Vela aos Sábados


Dom Casmurro: Capítulo L / Uma Meio-Termo


Dom Casmurro: Capítulo LI / Entre Luz e Fusco


Dom Casmurro: Capítulo LIII / A Caminho!





domingo, 10 de dezembro de 2017

Série: Jazz Para Sempre 20 - Diana Krall / Russell Malone

" Route 66 " 

Diana Krall / Russell Malone




Quando você não sabe o que dizer... escute








Route 66 - a young Diana Krall at the 1996 Montreal Jazz Festival. Bass: Paul Keller, Guitar: Russell Malone





Russell Malone 
Caravan for Duke Ellington








Diana Krall  
- How Deep is the Ocean - 8/15/1998 - Newport Jazz Festival









Diana Krall 
- The Look Of Love