domingo, 1 de maio de 2016

9. Pedro Páramo: Durante la cena tomó su chocolate - Juan Rulfo

Juan Rulfo




9. Pedro Páramo: Durante la cena tomó su chocolate





Durante la cena tomó su chocolate como todas las noches. Se sentía tranquilo. 

-Oye, Anita. ¿Sabes a quién enterraron hoy? 

-No, tío. 

-¿Te acuerdas de Miguel Páramo? 

-Sí, tío. 

-Pues a él. 

Ana agachó la cabeza. 

-Estás segura de que él fue, ¿verdad? 

-Segura no, tío. No le vi la cara. Me agarró de noche y en lo oscuro. 

-¿Entonces cómo supiste que era Miguel Páramo? 

-Porque él me lo dijo: «Soy Miguel Páramo, Ana. No te asustes». Eso me dijo. 

-¿Pero sabías que era el autor de la muerte de tu padre, no? 

-Sí, tío. 

-¿Entonces qué hiciste para alejarlo? 

-No hice nada. 

Los dos guardaron silencio por un rato. Se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán. 

-Me dijo que precisamente a eso venía: a pedirme disculpas y a que yo lo perdonara. Sin moverme de la cama le avisé: «La ventana está abierta». Y él entró. Llegó abrazándome, como si ésa fuera la forma de disculparse por lo que había hecho. Y yo le sonreí. Pensé en lo que usted me había enseñado: que nunca hay que odiar a nadie. Le sonreí para decírselo; pero después pensé que él no pudo ver mi sonrisa, porque yo no lo veía a él, por lo negra que estaba la noche. Solamente lo sentí encima de mí y que comenzaba a hacer cosas malas conmigo. 

»Creí que me iba a matar. Eso fue lo que creí, tío. Y hasta dejé de pensar para morirme antes de que él me matara. Pero seguramente no se atrevió a hacerlo. 

»Lo supe cuando abrí los ojos y vi la luz de la mañana que entraba por la ventana abierta. Antes de esa hora, sentí que había dejado de existir. 

-Pero debes tener alguna seguridad. La voz. ¿No lo conociste por su voz? 

-No lo conocía por nada. Sólo sabía que había matado a mi padre. Nunca lo había visto y después no lo llegué a ver. No hubiera podido, tío. 

-Pero sabías quién era. 

-Sí. Y qué cosa era. Sé que ahora debe estar en lo mero hondo del infierno; porque así se lo he pedido a todos los santos con todo mi fervor. 

-No estés tan convencida de eso, hija. ¡Quién sabe cuántos estén rezando ahora por él! Tú estás sola. Un ruego contra miles de ruegos. Y entre ellos, algunos mucho más hondos que el tuyo, como es el de su padre. 

Iba a decirle: «Además, yo le he dado el perdón». Pero sólo lo pensó. No quiso maltratar el alma medio quebrada de aquella muchacha. Antes, por el contrario, la tomó del brazo y le dijo: 

-Démosle gracias a Dios Nuestro Señor porque se lo ha llevado de esta tierra donde causó tanto mal, no importa que ahora lo tenga en su cielo. 



Un caballo pasó al galope donde se cruza la calle real con el camino de Contla. Nadie lo vio. Sin embargo, una mujer que esperaba en las afueras del pueblo contó que había visto el caballo corriendo con las piernas dobladas como si se fuera a ir de bruces. Reconoció el alazán de Miguel Páramo. Y hasta pensó: «Ese animal se va a romper la cabeza». Luego vio cuando enderezaba el cuerpo y, sin aflojar la carrera, caminaba con el pescuezo echado hacia atrás como si viniera asustado por algo que había dejado allá atrás. 

Esos chismes llegaron a la Media Luna la noche del entierro, mientras los hombres descansaban de la larga caminata que habían hecho hasta el panteón. 

Platicaban, como se platica en todas partes, antes de ir a dormir. 

-A, mí me dolió mucho ese muerto -dijo Terencio Lubianes-. Todavía traigo adoloridos los hombros. 

-Y a mí -dijo su hermano Ubillado-. Hasta se me agrandaron los juanetes. Con eso de que el patrón quiso que todos fuéramos de zapatos. Ni que hubiera sido día de fiesta, ¿verdad, Toribio? 

-Yo qué quieren que les diga. Pienso que se murió muy a tiempo. 

Al rato llegaron más chismes de Contla. Los trajo la última carreta. 

-Dicen que por allá anda el ánima. Lo han visto tocando la ventana de fulanita. Igualito a él. De chaparreras y todo. 

-¿Y usted cree que don Pedro, con el genio que se carga, iba a permitir que su hijo siga traficando viejas? Ya me lo imagino si lo supiera: «Bueno -le diría-. Tú ya estás muerto. Estáte quieto en tu sepultura. Déjanos el negocio a nosotros». Y de verlo por ahí, casi me las apuesto que lo mandaría de nuevo al camposanto. 

-Tienes razón, Isaías. Ese viejo no se anda con cosas. 

El carretero siguió su camino: «Como la supe, se las endoso». 

Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre. 

-Miren nomás -dijo Terencio- el borlote que se traen allá arriba. 

-Es que le están celebrando su función al Miguelito -terció jesús. 

-¿No será mala señal? 

-¿Para quién? 

-Quizá tu hermana esté nostálgica por su regreso. 

-¿A quién le hablas? 

-A ti. 

-Mejor, vámonos, muchachos. Hemos trafagueado mucho y mañana hay que madrugar. 

Y se disolvieron como sombras.



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El mexicano Juan Rulfo (1918-1986) figura, a pesar de la brevedad de su obra, entre los grandes renovadores de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. De formación autodidacta, trabajó como guionista para el cine y la televisión. Con sólo dos obras de ficción publicadas -el libro de relatos El llano en llamas y la novela Pedro Páramo-, ha ejercido una decisiva influencia en la literatura en castellano del último medio siglo. En 1983 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras.


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9. Pedro Páramo: Durante a janta tomou seu chocolate




Durante a janta 
tomou seu chocolate como fazia todas as noites. Sentia-se tranquilo. 

— Escuta, Anita. Sabe quem foi enterrado hoje? 

— Não, tio. 

— Você se lembra de Miguel Páramo? 

— Lembro, tio. 

— Pois ele. 

Ana baixou a cabeça. 

— Tem certeza que foi ele, não é? 

— Certeza, não, tio. Não vi a cara. Ele me agarrou de noite e na escuridão. 

— Então como é que soube que era Miguel Páramo? 

— Porque ele me disse: “Sou eu, Miguel Páramo, Ana. Não se assuste.” Foi o que ele me disse. 

— Mas você sabia que ele foi o autor da morte do seu pai, não sabia? 

— Sabia, tio. 

— E então, o que fez para afastá-lo? 

— Não fiz nada. 

Os dois guardaram silêncio durante alguns instantes. Ouvia-se a brisa morna entre as folhas da goiabeira. 

— Ele disse que estava ali justamente para isso: me pedir desculpas, e para saber se eu o perdoaria. Sem me mexer da cama, fui logo avisando: “A janela está aberta.” E ele entrou. Chegou me abraçando, como se essa fosse a forma de se desculpar pelo que tinha feito. E eu sorri para ele. Pensei naquilo que o senhor tinha me ensinado: que não se deve odiar ninguém nunca. Sorri ao dizer isso para ele; mas depois achei que não conseguiu ver meu sorriso, porque eu não via ele, de tão negra que a noite estava. Só deu para sentir que ele estava em cima de mim e que começava a fazer maldades comigo. 

“Achei que ia me matar. Foi isso que eu achei, tio. E até deixei de pensar, só para morrer antes que ele me matasse. Mas com certeza ele não se atreveu. 

“Entendi isso quando abri os olhos e vi a luz da manhã que entrava pela janela aberta. Antes daquela hora, tinha sentido que havia deixado de existir. 

— Mas você deve ter alguma certeza. A voz. Não deu para reconhecer a voz? 

— Eu não conhecia ele de jeito nenhum, de voz e de nada. Só sabia que tinha matado meu pai. Nunca tinha visto e depois não cheguei a ver. Não tinha como, tio. 

— Mas você sabia quem ele era. 

— Sim. E que coisa ele era. Sei até que agorinha mesmo ele deve estar nas profundas do inferno; porque foi isso que eu pedi a todos os santos, e com todo o meu fervor. 

— Não acredite tanto, filha. Vai saber quanta gente está rezando por ele neste momento! Você está sozinha. Uma prece contra milhares de preces. E, entre essas preces, algumas muito mais profundas do que a sua, como deve ser a do pai dele. 

Ia dizer a ela: “E além do mais, eu dei a ele a absolvição.” Mas só pensou. Não quis maltratar a alma meio quebrada daquela moça. Em vez disso tomou-a pelo braço e disse: 

— Vamos dar graças a Deus Nosso Senhor porque o levou desta terra onde causou tanto mal, e não importa que agora o tenha em seu céu. 



Um cavalo passou a galope onde a rua principal cruza o caminho de Contla. Ninguém viu nada. E no entanto uma mulher que esperava fora do povoado contou que vira o cavalo correndo com as pernas dobradas como se fosse cair de bruços. Reconheceu o alazão de Miguel Páramo. E até pensou: “Esse animal vai quebrar a cabeça.” Depois viu quando o cavalo endireitava o corpo e, sem afrouxar a carreira, caminhava com o pescoço esticado para trás como se viesse assustado por causa de alguma coisa que tivesse deixado lá atrás. 

Esses rumores chegaram à Media Luna na noite do enterro, enquanto os homens descansavam da longa caminhada que tinham feito até o panteão. 

Conversavam, como se conversa em qualquer lugar, antes de ir dormir. 

— Esse morto me doeu muito — disse Terencio Lubianes. — Ainda estou com os ombros doloridos. 

— E em mim — disse Ubillado, seu irmão. — Até meus joanetes cresceram. Com essa história do patrão querendo que todos fôssemos de sapatos. Nem que fosse dia de festa, não é mesmo, Toribio? 

— E o que vocês querem que eu diga? Acho que já morreu tarde. 

Pouco depois chegaram mais fuxicos de Contla. Vieram com a última carreta. 

— Dizem que o fantasma já está por lá. Viram o dito cujo batendo na janela de fulaninha. Igualzinho a ele. De perneiras e tudo. 

— E você acha que dom Pedro, com o gênio que tem, ia permitir que seu filho continue barganhando mulheres? Já imagino o que ele faria, se ficasse sabendo: “– Muito bem — diria. — Você já morreu. Fica quieto aí na sepultura. Deixa esse negócio para nós.” E se visse o filho por aí, sou capaz de apostar que o mandaria de volta para o campo-santo. 

— Você está certo, Isaías. Esse velho não é de brincadeira. 

O carreteiro continuou seu caminho: “Conto do jeito que ouvi.” 

Havia estrelas cadentes. Caíam como se o céu estivesse chuviscando lume. 

— Vejam só — disse Terencio — o bailongo lá no alto. 

— É que estão celebrando uma festança para Miguelito — interveio Jesús. 

— Não será um mau sinal? 

— Para quem? 

— Vai ver sua irmã está sentindo saudades e querendo que ele volte. 

— Você está falando da irmã de quem? 

— Da sua. 

— É melhor ir embora, pessoal. A gente labutou muito hoje, e amanhã temos de madrugar. 

E se dissolveram como sombras.




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Rulfo, Juan Pedro Páramo / tradução e prefácio de Eric Nepomuceno. — Rio de Janeiro: BestBolso, 2008. Tradução de: Pedro Páramo ISBN 978-85-7799-116-7 1. Romance mexicano. I. Nepomuceno, Eric. II. Título

Pedro Páramo – Romance mais aclamado da literatura mexicana, Pedro Páramo é o primeiro de dois livros lançados em toda a vida de Juan Rulfo. O enredo, simples, trata da promessa feita por um filho à mãe moribunda, que lhe pede que saia em busca do pai, Pedro Páramo, um malvado lendário e assassino. Juan Preciado, o filho, não encontra pessoas, mas defuntos repletos de memórias, que lhe falam da crueldade implacável do pai. Vergonha é o que Juan sente. Alegoricamente, é o México ferido que grita suas chagas e suas revoluções, por meio de uma aldeia seca e vazia onde apenas os mortos sobrevivem para narrar os horrores da história. O realismo fantástico como hoje se conhece não teria existido sem Pedro Páramo; é dessa fonte que beberam o colombiano Gabriel Garcia Márquez e o peruano Mario Vargas Llosa, que também narram odisseias latino-americanas.

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