quinta-feira, 25 de novembro de 2021

Los Poetas del Amor... Salvador Díaz Mirón (México)

Los Poetas del Amor (81)



Gostaria de transpor essa distância,
esse abismo fatal que nos separa
Eu gostaria de ser água e que em minhas ondas,
que em minhas ondas você viesse banhar-se
e unir tua existência à minha existência,
e unir teus sentidos aos meus sentidos!

- Cesse seus apelos prolixos
Por que você correu para a montanha?
- Senhor porque na minha cabana
meus filhos ficaram sem pão.






DESEOS


Yo quisiera salvar esa distancia
ese abismo fatal que nos divide,
y embriagarme de amor con la fragancia
mística y pura que tu ser despide.

Yo quisiera ser uno de los lazos
con que decoras tus radiantes sienes;
yo quisiera en el cielo de tus brazos
beber la gloria que en los labios tienes.

Yo quisiera ser agua y que en mis olas,
que en mis olas vinieras a bañarte,
para poder, como lo sueño a solas,
¡a un mismo tiempo por doquier besarte!

Yo quisiera ser lino y en tu lecho,
allá en la sombra, con ardor cubrirte,
temblar con los temblores de tu pecho
¡y morir de placer al comprimirte!

Oh, yo quisiera mucho mas! Quisiera
llevarte en mi como la nube al fuego,
mas no como la nube en su carrera
¡para estallar y separarse luego!

Yo quisiera en mi mismo confundirte,
confundirte en mi mismo y entrañarte;
yo quisiera en perfume convertirte,
¡convertirte en perfume y aspirarte!

Aspirarte en un soplo como esencia,
y unir a mis latidos tus latidos,
y unir a mi existencia tu existencia,
¡y unir a mis sentidos tus sentidos!






A GLORIA

No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.

Semejante al nocturno peregrino,
mi esperanza inmortal no mira el suelo;
no viendo más que sombra en el camino,
sólo contempla el esplendor del cielo.

Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal y, por lo mismo, impuro.

A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa
o águila seducida por un astro.

Inútil es que con tenaz murmullo
exageres el lance en que me enredo:
yo soy altivo, y el que alienta orgullo
lleva un broquel impenetrable al miedo.

Fiando en el instinto que me empuja,
desprecio los peligros que señalas.
"El ave canta aunque la rama cruja:
como que sabe lo que son sus alas."

Erguido bajo el golpe en la porfía,
me siento superior a la victoria.
Tengo fe en mí; la adversidad podría,
quitarme el triunfo, pero no la gloria.

¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume.

El mal es el teatro en cuyo foro
la virtud, esa trágica, descuella;
es la sibila de palabra de oro,
la sombra que hace resaltar la estrella.

¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma!
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.

Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!

¡Fuerza es que sufra mi pasión! La palma
crece en la orilla que el oleaje azota.
El mérito es el náufrago del alma:
¡vivo, se hunde; pero muerto, flota!

¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle!
¡Consuela el corazón del que te ama!
¡Dios dijo al agua del torrente: bulle!;
¡y al río de la margen: embalsama!

Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.






A UN PESCADOR

En buen esquife tu afán madruga,
el firmamento luce arrebol;
grata la linfa no tiene arruga;
la blanca vela roba en su fuga
visos dorados al nuevo sol.

Pero prorrumpes en canturía
que inculta y tosca mueve a llorar;
oigo la ingenua melancolía
¡del que inseguro del pan del día
surca y arrostra pérfido mar!

Tímida y mustia por los recelos
tu mujercita dirá: -Señor,
une las aguas, limpia los cielos;
cuida y conduce, por los chicuelos,
¡la navecilla del pescador!





"A Gloria"







A MARGARITA

Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila
¡bajo el dosel de tu melena blonda!
Qué abismo tan profundo tu pupila,
¡pérfida y azulada como la onda!

El fulgor soñoliento que destella
en tus ojos donde hay siempre un reproche
viene cual la mirada de la estrella
de un cielo ennegrecido por la noche.

Tu rojo labio en que la abeja sacia
su sed de miel, de aroma y embeleso,
ha sido modelada por la gracia
más para la oración que para el beso.

Tu voz que ora es aguda y ora grave,
llena de gratitud suena en mi oído
como el saludo arrullador del ave
al sol naciente que despierta el nido.





EL DESERTOR 


Allá junto al viejo muro,
entre la yerba escondida,
el campo alegre y florido,
el cielo apacible y puro

Cuadro que tuve delante
y que hoty como entonces veo:
frente al pelotón, el reo;
en un flanco, el comandante.

- Cesen tus ruegos prolijo
¿Por qué huiste a la montaña?
- Señor porque en mi cabaña
estaban sin pan mis hijos.

- ¿Por qué trocaste el arado
por el fusil? Fue imprudencia...
Señor, ha sido violencia,
la leva me hizo soldado.

- ¡Basta! Arrodíllate luego
La disciplina es un yugo
yo no soy más que el verdugo:
¡Preparen, apunten, fuego!

Allá junto al viejo muro,
entre la yerba escondido,
el campo alegre y florido,
el cielo apacible y puro.







__________________

(1853-1928)
Biografía de
Salvador Díaz Mirón

Nació en el puerto de Veracruz (Estado de Veracruz), el 14 de diciembre de 1853. Estudio en dicha ciudad y en Jalapa. Hijo del periodista y político que fuera gobernador de su estado, Manuel Díaz Mirón, siguió los pasos de su progenitor, pero con fuerte inclinación hacia las letras.A los 14 años se inició en el oficio de periodista. Ya para 1874 era reconocido como poeta. De hecho su obra se divide en tres etapas: la primera de 1874 a 1892; la segunda de 1892 a 1901; y la tercera de 1902 a 1928. La primera etapa se enmarca en la corriente del romanticismo, y a ella corresponden obras como Oda a Víctor Hugo, Gloria, Voces interiores, Ojos verdes y Redemptio, entreotras. En 1874 fueron incluidas algunas de sus piezas literarias en la antologíatitulada El Parnaso Mexicano. En 1876, cuando escribía el periódico El Pueblo, fue deportado a Nueva York, Estados Unidos por razones políticas. A su regreso, colaboró para diversas publicaciones y dirigió El Veracruzano, que era propiedad de su padre, El Diario, El Orden y El Imparcial. En 1878 representó al Distrito de Jalancingo en la legislatura de Veracruz. En 1884 va como diputado al Congreso de la Unión y actúa valiente y brillantemente con la minoría independiente. En 1892, en vísperas de las elecciones generales, mata en legítima defensa a Federico Wólter. Es absuelto después de más de cuatro años de reclusión. Se radica en Jalapa. En 1904 vuelve como diputado al Congreso de la Unión. En 1910 es desaforado y puesto en prisión por haber atentado contra la vida del diputado Juan C. Chapital. Al triunfar la revolución contra Porfirio Díaz es puesto en libertad. En 1912-13 es director del Colegio Preparatorio de Jalapa. Bajo el general Victoriano Huerta dirige el diario "El Imparcial" en la ciudad de México; poco antes de la caída de este gobierno es exiliado a Europa. En la segunda etapa de su producción, publicó en Estados Unidos (1895) y el París (1900) su libro Poesías. Un año después, en Xalapa, publica Lascas, obra considerada su principal libro, que contenía un total de 40 poesías inéditas. A este período corresponden piezas literarias como: El fantasma, Paquito, Nox, A Tirsa, A una araucaria, Claudia e Idilio, entre otras. Después de una corta estancia en Santander (España) se radica en La Habana (Cuba) en donde enseña francés, Historia Universal y Literatura. El presidente Carranza autorizó su regreso al país y la restitución de sus bienes. En 1921 rehusa una pensión que le ofreció el gobierno del presidente Obregón; y en 1927 declina el homenaje nacional que organizaba un grupo de scritores. El mismo año es nombrado director del Colegio Preparatorio de Veracruz. El 12 de junio de 1928 muere en el puerto de Veracruz. El 14 del mismo mes se trae su cadáver a México D.F. para darle sepultura en la Rotonda de los Hombres Ilustres, por acuerdo del presidente de la República. De la última etapa del trabajo poético de Salvador Díaz Mirón, sólo se conocen 24 piezas, aunque la realidad es que su producción fue mucho mayor y él mismo pensaba reunirla en varios libros que nunca publicó. Los peregrinos, Al buen cura, A un profeta, La mujer de nieve, A un pescador y El ingenioso Hidalgo, son sólo algunas de las poesías que se conocen de este período.

quinta-feira, 11 de novembro de 2021

Dostoiévski - O Idiota: Primeira Parte (6b.) Parece que me reconheceu ...

 O Idiota



Fiódor Dostoiévski


Tradução portuguesa por José Geraldo Vieira


Primeira Parte


6b.



Parece que me reconheceu quando lhe segurei e apertei a mão pela última vez. Como seus dedos se haviam descamado! Na manhã seguinte vieram participar-me que Marie tinha morrido. Não houve quem pudesse conter as crianças. Elas lhe enfeitaram o caixão com flores e lhe puseram uma grinalda na cabeça. O pastor, na igreja, não cometeu nenhuma aviltação desta vez. Não foi um funeral concorrido, havia pouca gente, atraída pela curiosidade; mas quando o caixão teve de ser carregado para fora, a criançada investiu para o carregar. E conquanto não fossem suficientemente fortes para aguentar o peso - sozinhas, ajudaram a levá-lo, e caminhavam atrás do ataúde, chorando. Desde então, as crianças zelaram pela sepultura de Marie. Plantaram rosas, em toda volta, e cada ano a cobriam de flores.

Foi, porém, depois do enterro, que eu fui mais perseguido pelos aldeões, por causa da criançada, O pastor e o mestre-escola os atiçavam. As crianças ficaram estritamente proibidas de se encontrarem comigo, e Schneider empregou todo o seu esforço para que tal proibição fosse efetiva. Mas nós nos víamos, assim mesmo; comunicávamo-nos a distância, por sinais. Enviávamo-nos pequenos bilhetes. Por fim as coisas se aplainaram. Mas foi esplêndido.

Todo esse tempo. Essa perseguição ainda me aproximou mais das crianças. No último ano, o pastor e Thibault estavam quase reconciliados comigo. E Schneider argumentava muito comigo a respeito do meu sistema” pernicioso para com as crianças. Como se eu tivesse algum “sistema”! Por fim. Schneider revelou um muito estranho pensamento, o que fez pouco antes de eu vir embora. Confessou me que tinha chegado à conclusão de que eu era uma completa criança, eu próprio. Nem mais nem menos do que uma criança; que eu era adulto apenas na cara e no tamanho, mas que, no desenvolvimento, na alma, no caráter, e talvez até na inteligência, não tinha crescido, e que permaneceria sempre assim, mesmo que vivesse até aos sessenta!... Ri-me muito. Ele estava errado, é lógico, pois não sou nenhuma criança. Mas em uma coisa ele tem razão.

Não gosto de ser como as pessoas crescidas. Notei isso, desde muito. E não gosto, porque não sei como agir diante delas. Digam-me seja o que for, por mais gentis que sejam comigo, sempre me sinto de certo modo oprimido diante delas e fico medonhamente alegre quando posso voltar para os meus companheiros; e os meus companheiros têm sido sempre as crianças, não porque eu próprio seja uma criança, mas porque sempre me senti atraído por elas. Quando eu era novato na aldeia, ao tempo em que empreendia melancólicos passeios pela montanha, sozinho, e me acontecia, especialmente por volta do meio-dia, encontrar o bando barulhento saindo da escola, a correr, com suas sacolas e com suas lousas, entre gritos, jogos e risadas, imediatamente a minha alma corria para eles. Não sei como se dava, mas a verdade é que tinha uma espécie de intensa e feliz sensação cada vez que os encontrava. Ficava parado, quieto, sorria com felicidade vendo-lhes as pequeninas pernas sempre voando por aí afora, meninas e meninos correndo juntos, com seus sorrisos e com suas lágrimas (pois muitos deles armavam rixas, choravam, interrompiam as brigas, passavam a brincar de novo, à saída da escola, de volta para casa) e isso me fazia esquecer todos os meus lúgubres pensamentos. Depois do que, nos três últimos anos, eu nunca pude compreender como e por que há gente triste. O centro de minha vida foram as crianças. Não contava ter de deixar a aldeia e nem me passava pelo espírito que um dia teria de regressar à Rússia.

Pensava permanecer sempre lá. Mas por fim acabei vendo que Schneider não podia continuar me conservando consigo. Foi então que as coisas viraram subitamente, e tão importantes foram elas em sua evidência, que o próprio Schneider instou comigo para vir embora e garantiu minha volta. Vou examinar essas coisas e aconselhar-me com alguém. Minha vida talvez mude completamente. Deixei muita coisa lá, muita, mesmo! Ao tomar o trem, pensei: “Vou agora me encontrar com o mundo. Ignoro tudo, por assim dizer, mas uma vida nova começou para mim”. Tomei a resolução de fazer a minha tarefa resoluta e honestamente. Deve ser duro e difícil viver no mundo. Em primeiro lugar, resolvi ser cortês e sincero como todo o mundo. “Ninguém deve esperar mais do que isso, de mim. Talvez aqui também me olhem como uma criança; não faz mal”. Todo o mundo me toma por um idiota e isso também pela mesma razão. Outrora estive tão doente que realmente parecia um idiota. Mas posso eu ser idiota, agora, se me sinto apto a ver, por mim próprio, que todo mundo me toma por um idiota? Quando cheguei, pensei: “Bem sei que me tomam por um idiota; todavia tenho discernimento e eles não se dão conta disso!...” Muitas vezes tive este pensamento. Mal cheguei a Berlim, recebi algumas cartinhas que as crianças tinham conseguido me escrever, e então compreendi quanto gosto de crianças. A primeira carta dá sempre muita saudade. Como as crianças lamentavam a minha ausência! E todavia tinham tido um mês, de antemão; para se prepararem para minha partida. “Léon s’en va, Léon s’en va pour toujours!” Como antes, encontrávamo-nos sempre na cascata e falávamos da nossa separação. E, certas vezes, tão radiantes como outrora! Era só quando nos separávamos, à noitinha, que elas me abraçavam e beijavam com mais calor do que o faziam antigamente. Uma ou outra vinha me ver sozinha e em segredo, simplesmente para me beijar e abraçar sem ser diante das demais. Quando vim embora, elas todas, todo o bando me acompanhou à estação. A estação da estrada de ferro distava da aldeia cerca de uma verstá.

Esforçavam-se por não chorar, mas algumas não se puderam conter e soluçavam alto, principalmente as meninas. Apressamo-nos para não chegar atrasados; mas aqui e além, uma delas saía correndo de uma azinhaga, pulava para os meus braços, beijava-me, obrigando toda a procissão a parar, simplesmente para isso. E embora tivéssemos pressa, parávamos, esperando que este, ou aquele, me dissesse adeus. Quando me acomodei e o trem partiu, todas elas exclamaram “Hurra!” e permaneceram lá até perderem o trem de vista. Eu também não tirava os olhos delas... E agora lhes digo, quando entrei aqui e olhei para os rostos tão doces das senhoritas - eu agora estudo o rosto de todo mundo, perfeitamente! – e lhes ouvi as primeiras palavras, meu coração sentiu luz pela primeira vez, desde a Suíça. E então pensei comigo que talvez eu seja uma pessoa de sorte. Sei bem que nem sempre a gente encontra pessoas com quem logo simpatize! E não é que vim para aqui diretamente da estação e as encontrei?

Sei bem que a gente se peja de falar do seu próprio sentimento com qualquer um, mas lhes falei sem sentir nenhum pejo. Sou muito insociável. e, provavelmente, não voltarei a vê-las tão cedo. Não tomem isso como desconsideração. Nem estou dizendo isso por não dar valor a esta amizade, e não pensem, muito menos ainda, que me considerei ofendido por qualquer coisa. As senhoritas me perguntaram a respeito da impressão que tive do rosto de cada uma e o que teria eu notado neles. Terei muito prazer em responder. Vós, Adelaída Ivánovna, tendes um rosto feliz, o mais simpático dos três. Além de serdes muito bonita, a gente verifica, olhando-vos, “que tendes o rosto de uma extremosa irmã”. Vosso contato é simples e alegre. mas tendes especial habilidade em ver dentro dos corações. Eis como o vosso rosto me impressionou. Vós, Aleksándra Ivánovna. tendes também um rosto belo e doce; mas talvez haja nele uma secreta perturbação. Vosso coração, certamente, é dos mais bondosos, mas não é alegre. Há qualquer peculiaridade em vosso rosto. algo do que vemos na Madona de Holbein, em Dresde. Bem. quanto ao vossos rosto, isto basta. Acertei? Eu, pelo menos, acho que sois assim. Mas, pelo vosso rosto, Lizavéta Prokófievna - ele se voltou repentinamente para a Sra. Epantchiná - pelo vosso rosto distingo perfeitamente que sois uma criança em tudo, em tudo, no bem e no mal igualmente, a despeito de vossa idade.

Aborrece-vos, dizer-vos eu isso? Já esclareci, e bem, o que penso a respeito das crianças. E não penseis que foi a minha simplicidade que me fez falar tão sinceramente sobre o rosto de cada uma. Oh! Absolutamente, não! Talvez haja algum propósito bem meu no que acabo de fazer!



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D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L2 Capitulo XI: Do que a D. Quixote sucedeu com uns cabreiros.

  D. Quixote de la Mancha



Miguel de Cervantes

Vol 1



O Engenhoso Fidalgo 
D. Quixote de la Mancha 

Miguel de Cervantes



PRIMEIRA PARTE

LIVRO SEGUNDO

CAPÍTULO XI


Do que a D. Quixote sucedeu com uns cabreiros.


Com boa sombra foi dos cabreiros recolhido o nosso cavaleiro. Sancho acomodou, o melhor que pôde, a Rocinante e ao jumento, e deixou-se ir atrás do cheiro que despediam de si certos tassalhos de cabra, que estavam numa caldeira a ferver ao lume. Ainda que o seu gosto seria logo ali sem mais detença ver se estavam prontos para se trasladarem da vasilha ao estômago, absteve-se de o fazer, porque os cabreiros os tiraram da lareira e, estendendo na terra uns velos de ovelha, aparelharam azafamados a sua mesa rústica, e convidaram aos dois com mostras de muito boa vontade para o que ali havia.

Seis sentaram-se à roda das peles, que era quantos se contavam na malhada, depois de haverem com grosseiras cerimônias rogado a D. Quixote que se sentasse numa gamela que lhe puseram com o fundo para cima. Sentou-se D. Quixote, ficando Sancho de pé para lhe ir servindo o copo, que era feito de pau do ar. O amo, reparando-lhe na postura, disse-lhe:

— Para que vejas, Sancho, o bem que encerra a andante cavalaria, e quão a pique estão os que em qualquer ministério dela se exercitam, de virem em pouco tempo a ser nobilitados e estimados do mundo, quero que te sentes aqui ao meu lado e em companhia desta boa gente, e que estejas tal qual como eu, que sou teu amo e natural senhor, que comas no meu prato, e bebas por onde eu beber, porque da cavalaria se pode dizer o mesmo que se diz do amor: todas as condições iguala.

— Viva muitos anos — respondeu Sancho — mas sou por dizer a vossa Mercê que, tendo eu bem de comer, tão bem e melhor o comeria em pé e sozinho, como sentado à ilharga de um Imperador; e até (se hei-de dizer toda a verdade) muito melhor me sabe comer no meu cantinho, sem cerimônias, nem respeitos, ainda que não seja senão pão e cebola, que os perus de outras mesas com a obrigação de mastigar devagar, beber pouco, limpar-me a miúdo, não espirrar nem tossir quando me for preciso, nem fazer outras coisas, que a solidão e liberdade trazem consigo. E portanto, senhor meu, essas honras que Vossa Mercê me quer dar, por eu ser ministro e aderente da cavalaria andante, como escudeiro que sou de Vossa Mercê, troque-as noutras coisas que me sejam mais cômodas e de melhor proveito; que estas agradeço-lhas, mas dispenso-as desde já até ao fim do mundo.

— Apesar disso hás-de te sentar, porque quem mais se humilha mais se exalta.

E puxando-lhe pelo braço, o obrigou a sentar-se-lhe a par.

Não entendiam os cabreiros aquele palavreado de escudeiros e cavaleiros andantes, e não faziam senão comer e calar e olhar para os hóspedes, que, com muito garbo e gana, iam embutindo para baixo tassalhos como punhos. Acabado o serviço da carne, estenderam sobre as peles cruas grande quantidade de bolotas aveladas, e meio queijo mais duro que se fosse de argamassa.

Não estava entretanto ocioso o copo; andava em roda tão a miúdo, já cheio já vazio como alcatruz de nora, que depressa se despejou uma quartola, de duas que presentes eram.

Depois que D. Quixote se deu por bem repleto, tomou um punhado das bolotas, e considerando-as atentamente, soltou a voz dizendo:

— Ditosa idade e afortunados séculos aqueles, a que os antigos puseram o nome de dourados, não porque nesses tempos o ouro (que nesta idade de ferro tanto se estima!) se alcançasse sem fadiga alguma, mas sim porque então se ignoravam as palavras teu e meu! Tudo era comum naquela santa idade; a ninguém era necessário, para alcançar o seu ordinário sustento, mais trabalho que levantar a mão e apanhá-lo das robustas azinheiras, que liberalmente estavam oferecendo o seu doce e sazoado fruto. As claras nascentes e correntes rios ofereciam a todos, com magnífica abundância, as saborosas e transparentes águas. Nas abertas das penhas, e no côncavo dos troncos formavam as suas repúblicas as solícitas e discretas abelhas, oferecendo a qualquer, sem interesse algum, a abundosa colheita do seu dulcíssimo trabalho. Os valentes sobreiros despegavam de si, sem mais artifícios que a sua natural cortesia, as suas amplas e leves cortiças, com que se começaram a cobrir casas sobre rústicas estacas, sustentadas só para reparo contra as inclemências do céu. Tudo então era paz, tudo amizade, tudo concórdia. Ainda se não tinha atrevido a pesada relha do curvo arado a abrir e visitar as entranhas piedosas da nossa primeira mãe, que ela, sem a obrigarem, oferecia por todas as partes do seu fértil e espaçoso seio o que pudesse fartar, sustentar, e deleitar, aos filhos que então a possuíam. Então, sim, que andavam as símplices e formosas pastorinhas de vale em vale, e de outeiro em outeiro, com singelas tranç\as ou em cabelo, sem mais vestidos que os necessários para encobrirem honestamente o que a honestidade quer, e quis sempre, que se encubra. Não eram seus adornos, como os que ao presente se usam, exagerados com a púrpura de Tiro, e com a por tantos modos martirizada seda; eram folhagens de verde bardana e hera entretecidas; com o que talvez andavam tão garridas e enfeitadas como agora andam as nossas damas de corte com as raras e peregrinas invenções que a indústria ociosa lhes tem ensinado. Então expressavam-se os conceitos amorosos da alma simples, tão singelamente como ela os dava, sem se procurarem artificiosos rodeios de fraseado para os encarecer. Com a verdade e lhaneza não se tinha ainda misturado a fraude, o engano, e a malícia. A justiça continha-se nos seus limites próprios, sem que ousassem turbá-la nem ofendê-la o favor e interesse, que tanto hoje a enxovalham, perturbam e perseguem. Ainda se não tinha metido em cabeça a juiz o julgar por arbítrio, porque ainda não havia nem julgadores, nem pessoas para serem julgadas. As donzelas e a honestidade andavam, como já disse, por toda a parte desguardadas e seguras, sem medo de que a alheia desenvoltura e atrevimentos lascivos as desacatassem; se se perdiam era por seu gosto e própria vontade. E agora, nestes nossos detestáveis séculos, nenhuma está segura, ainda que a encerre e esconda outro labirinto de Creta, porque lá mesmo, pelas fendas ou pelo ar, com o zelo do maldito cuidado lhes entra o amoroso contágio, e as faz dar com todo o seu recato à costa. Para segurança delas, com o andar dos tempos, e crescendo mais a malícia, se instituiu a ordem dos cavaleiros andantes, defensora das donzelas, amparadora das viúvas, e socorredora dos órfãos e necessitados.

Desta ordem sou eu, irmãos cabreiros, a quem agradeço o bom agasalho e trato que me dais a mim e ao meu escudeiro; pois, ainda que por lei natural todos os viventes estão obrigados a favorecer aos cavaleiros andantes, contudo sei que vós outros, ignorando esta obrigação, me acolhestes e obsequiastes; e razão é que eu vos agradeça quanto posso a vossa boa vontade.

Toda esta larga arenga (que se pudera muito bem dispensar) improvisou-a o nosso cavaleiro, em razão de lhe ter vindo à lembrança, a propósito das bolotas que lhe deram, a idade de ouro; por isso lhe pareceu fazer todo aquele inútil arrazoado aos cabreiros, que, sem lhe responderem palavra, apatetados e suspensos, o estiveram escutando.

Sancho também não falava, e ia comendo bolotas, e visitando muito a miúdo a segunda quartola, que tinham pendurada num carvalho para ter o vinho mais fresco.

Mais durou a parlanda de D. Quixote, do que a ceia. Depois dela, disse um dos cabreiros:

— Para com mais verdade poder Vossa Mercê dizer, senhor cavaleiro andante, que o agasalhamos de boa mente, queremos regalá-lo dando-lhe a ouvir um companheiro nosso que está para chegar. Isso é que é pastor entendido e enamorado; até sabe ler e escrever, e toca arrabil, que não há mais que desejar.

Mal acabava o cabreiro, quando se ouviu com efeito um arrabil, e pouco depois se viu entrar o arrabileiro, que era um moço dos seus vinte e dois anos, de aprazível presença. Perguntaram-lhe os companheiros se tinha ceado; e, respondendo ele que sim, tornou-lhe o que havia feito os oferecimentos:

— Visto isso, Antônio, poderás dar-nos gosto cantando um pouco, para que este senhor hóspede veja que também cá pelos montes e matas há quem saiba de música. Já lhe dissemos as tuas boas habilidades; desejamos que tu agora lhas mostres, e nos não deixes mentirosos. Por vida tua te rogo que te assentes e cantes o romance dos teus amores, como to compôs o Beneficiado teu tio, e que muito bem pareceu no povo.

— De boa vontade — respondeu o moço.

E sem fazer-se mais rogado, assentou-se num cepo de azinheira; e, temperando o arrabil, dali a pouco começou de cantar com muita boa graça desta maneira:


ANTÔNIO

Sei, Olala, que me adoras,
sem nunca mo teres dito,
nem co’os olhos, línguas mudas,
que entendem os amorios.

Sei-o sim, porque és discreta;
por isso em tal me confirmo;
todo o amor alcança paga,
salvo se é desconhecido.

Verdade é que tenho, Olala,
em ti descoberto indícios
de teres a alma de bronze,
e o peito de gelo frio.

Mas, através das repulsas
e honestíssimos desvios,
talvez se enxergue da esp’rança
um vislumbre fugitivo.

O meu amor se abalança
a esperar, sem ter podido
nem minguar por enjeitado,
nem crescer por escolhido.

Se amores têm cortesia,
da que tu mostras colijo
que o fim das minhas esp’ranças
há-de ser qual imagino.

E se o bem servir consegue
tornar um peito benigno,
já tenho em que funde a crença
de obter os bens a que aspiro;

porque, se nisso reparas,
às vezes me terás visto
vestido à segunda-feira
com as galas do domingo.

As louçainhas e amores
seguem o mesmo caminho;
e eu sempre quis aos teus olhos
apresentar-me polido.

Por teu respeito não bailo;
as músicas não te cito,
que a desoras, e acordando
os galos, terás ouvido.

Não te encareço os louvores
com que os teus dotes sublimo,
que, se bem que verdadeiros,
me fazem de outras malquisto.

Teresa do Barrocal
já, louvando-te eu, me há dito:
— Há quem pense adorar anjos,
estando a adorar bugiosa;

milagres dos arrebiques
mais dos cabelos postiços,
hipócritas formosuras,
que enganam até Cupido.

Desmenti-a; ela enfadou-se;
pôs-se por ela seu primo;
desafiou-me, e bem sabes
qual saiu do desafio.

Nem por demais te cortejo,
nem para mal te cobiço:
a melhor fim se endereçam
minhas atenções contigo.

Na Igreja há prisões de seda
para os casais bem unidos;
mete o pescoço na canga,
que eu sigo o mesmo caminho.

Quando não, desde aqui juro,
pelo Santo mais bendito,
não sairei destas serras
senão para capuchinho.


Com isto deu o cabreiro remate ao seu cantar; e, ainda que D. Quixote lhe pediu cantasse mais alguma coisa, opôs-se Pança, que estava mais para dormir que para ouvir cantorias; e assim disse ao amo:

— Bem pode Vossa Mercê arranjar-se logo, e já onde tem de ficar esta noite, que o trabalho, em que estes bons homens levam o dia todo, não consente noitadas de cantarola.

— Bem percebo, Sancho — respondeu D. Quixote — as visitas à quartola pedem mais paga de cama que de músicas.

— A todos sabe ela bem, louvado seja Deus! — respondeu Sancho.

— Não digo menos — replicou D. Quixote — mas acomoda-te lá tu onde quiseres, que os da minha profissão melhor parecem velando, que dormindo. Mas, apesar de tudo, bom seria, Sancho, que me tornasses a curar esta orelha, que me está doendo mais do que era preciso.

Fez Sancho o que se lhe mandava. Um dos cabpéiros, vendo a ferida, lhe disse que não tivesse cuidado, que ele lhe poria um remédio, com que breve sararia; e, tomando algumas pontas de rosmaninho, que por ali era mui basto, as mastigou, misturou-as com um pouco de sal, e aplicandoas à orelha, a ligou muito bem, certificando-lhe que não havia precisão de mais nenhum curativo; e o caso é que assim sucedeu.


continua página 68...



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Leia também:


D. Quixote - Cervantes Vol 1 - Prólogo
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - Ao Livro de D. Quixote de la Mancha
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo I
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo II
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo III
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo IV
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo V
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo VI
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo VII
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo VII
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L1 Capitulo VIII
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L2 Capitulo IX
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L2 Capitulo X
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L2 Capitulo XI
D. Quixote - Cervantes Vol 1 - 1ª Parte L2 Capitulo XII

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D. QUIXOTE 
VOL. I 
Cervantes 
D. Quixote de La Mancha — Primeira Parte 
(1605) 
Miguel de Cervantes [Saavedra] 
(1547-1616)
Tradução: 
Francisco Lopes de Azevedo Velho de Fonseca Barbosa Pinheiro Pereira e Sá Coelho (1809- 1876) Conde de Azevedo 
Antônio Feliciano de Castilho (1800-1875) 
Visconde de Castilho


Edição 
eBooksBrasil www.ebooksbrasil.com 
Versão para eBook 
eBooksBrasil.com 

Fonte Digital 
Digitalização da edição em papel de Clássicos Jackson, Vol. VIII Inclusões das partes faltantes confrontadas com a edição em espanhol da eBooksBrasil.com 
(1999, 2005)
Copyright 
Autor: 1605, 2005 Miguel de Cervantes 
Tradução Francisco Lopes de Azevedo Velho de Fonseca Barbosa Pinheiro Pereira e Sá Coelho 
António Feliciano de Castilho 
Capa: Honoré-Victorin Daumier (1808-1879) 
Retrato de Cervantes: Eduardo Balaca (1840-1914) 
Edição: 2005 eBooksBrasil.com


quarta-feira, 10 de novembro de 2021

Flusser : Filosofia da Caixa Preta (Prefácio e Glossário)

Filosofia da Caixa Preta



VILÉM FLUSSER




Ensaios para uma futura filosofia da fotografia




SUMÁRIO
 
Prefácio à edição brasileira
Glossário para uma futura filosofia da fotografia
 
1 A imagem
2 A imagem técnica
3 O aparelho
4 O gesto de fotografar
5 A fotografia
6 A distribuição da fotografia
7 A recepção da fotografia
8 O universo fotográfico
9 A necessidade de uma filosofia da fotografia


Flusser e a liberdade de pensar, ou
Flusser e uma certa geração 60 Maria Lilia Leão





PREFÁCIO A EDIÇÃO BRASILEIRA
 

O presente ensaio é resumo de algumas conferências e aulas que pronunciei sobretudo na França e na Alemanha. A pedido da European Photography, Göttingen, foram reunidas neste pequeno livro publicado em alemão em 1983. A reação do público (não apenas dos fotógrafos, mas sobretudo do interessado em filosofia) foi dividida, porém intensa. Em consequência à polêmica criada, escrevi outro ensaio “Ins Universum der technischen Bilder” ( Adentrando o universo das imagens técnicas), publicado em 85, onde procuro ampliar e aprofundar as reflexões aqui apresentadas. 

Estas partem da hipótese segundo a qual seria possível observar duas revoluções fundamentais na estrutura cultural, tal como se apresenta, de sua origem até hoje. A primeira, que ocorreu aproximadamente em meados do segundo milênio a C., pode ser captada sob o rótulo “invenção da escrita linear” e inaugura a História propriamente dita; a segunda, que ocorre atualmente, pode ser captada sob o rótulo “invenção das imagens técnicas” e inaugura um modo de ser ainda dificilmente definível. A hipótese admite que outras revoluções podem ter ocorrido em passado mais remoto, mas sugere que elas nos escapam. 

Para que se preserve seu caráter hipotético, o ensaio não citará trabalhos precedentes sobre temas vizinhos, nem conterá bibliografia. Espera assim criar atmosfera de abertura para campo virgem. Não obstante, incorporará um breve glossário de termos explícitos e implícitos no argumento, no intuito de clarear o pensamento e provocar contra-argumentos. As definições no glossário não se querem teses para defesas, mas hipóteses para debates. 

A intenção que move este ensaio é contribuir para um diálogo filosófico sobre o aparelho em função do qual vive a atualidade, tomando por pretexto o tema fotografia. Submeto-o, pois, à apreciação do público brasileiro. Faça-o com esperança e com receio. Esperança, porque, ao contrário dos demais públicos que me leem, sinto saber para quem estou falando; receio, por desconfiar da possibilidade de não encontrar reação crítica. Este prefácio se quer, pois, aceno aos amigos do outro lado do Atlântico e aos críticos da imprensa. Que me leiam e não me poupem. 

Percebo que editar este ensaio no contexto brasileiro é empresa aventurosa. Quero agradecer aos que nela mergulharam, sobretudo Maria Lília Leão, por sua coragem e amizade. Que sua iniciativa contribua para o diálogo brasileiro. 


V. F. 
São Paulo, outubro 85






GLOSSÁRIO PARA UMA FUTURA FILOSOFIA DA FOTOGRAFIA


Aparelho: brinquedo que simula um tipo de pensamento.
Aparelho fotográfico: brinquedo que traduz pensamento conceitual em fotografias.
Autômato: aparelho que obedece a programa que se desenvolve ao acaso.
Brinquedo: objeto para jogar.
Código: sistema de signos ordenado por regras.
Conceito: elemento constitutivo de texto.
Conceituação: capacidade para compor e decifrar textos.
Consciência histórica: consciência da linearidade ( por exemplo, a causalidade).
Decifrar: revelar o significado convencionado de símbolos.
Entropia: tendência a situações cada vez mais prováveis.
Fotografia: imagem tipo-folheto produzida e distribuída por aparelho.
Fotógrafo: pessoa que procura inserir na imagem informações imprevistas pelo aparelho fotográfico.
Funcionário: pessoa que brinca com aparelho e age em função dele.
História: tradução linearmente progressiva de ideias em conceitos, ou de imagens em textos.
Ideia: elemento constitutivo da imagem.
Idolatria: incapacidade de decifrar os significados da ideia, não obstante a capacidade de lê-la, portanto, adoração da imagem.
Imagem: superfície significativa na qual as ideias se inter-relacionam magicamente.
Imagem técnica: imagem produzida por aparelho.
Imaginação: capacidade para compor e decifrar imagens.
Informação: situação pouco-provável.
Informar: produzir situações pouco-prováveis e imprimi-las em objetos.
Instrumento: simulação de um órgão do corpo humano que serve ao trabalho.
Jogo: atividade que tem fim em si mesma.
Magia: existência no espaço-tempo do eterno retorno.
Máquina: instrumento no qual a simulação passou pelo crivo da teoria.
Memória: celeiro de informações.
Objeto: algo contra o qual esbarramos.
Objeto cultural: objeto portador de informação impressa pelo homem.
Pós-história: processo circular que retraduz textos em imagens.
Pré-história: domínio de ideias, ausência de conceitos; ou domínio de imagens, ausência de textos.
Produção: atividade que transporta objeto da natureza para a cultura.
Programa: jogo de combinação com elementos claros e distintos.
Realidade: tudo contra o que esbarramos no caminho à morte, portanto, aquilo que nos interessa. 
Redundância: informação repetida, portanto, situação provável.
Rito: comportamento próprio da forma existencial mágica.
Scanning: movimento de varredura que decifra uma situação.
Setores primário e secundário: campos de atividades onde objetos são produzidos e informados.
Setor terciário: campo de atividade onde informações são produzidas.
Significado: meta do signo.
Signo: fenômeno cuja meta é outro fenômeno.
Símbolo: signo convencionado consciente ou inconscientemente.
Sintoma: signo causado pelo seu significado.
Situação: cena onde são significativas as relações-entre-as-coisas e não as coisas mesmas.
Sociedade industrial: sociedade onde a maioria trabalha com máquinas.
Sociedade pós-industrial: sociedade onde a maioria trabalha no setor terciário.
Texto: signos da escrita em linhas.
Textolatria: incapacidade de decifrar conceitos nos signos de um texto, não obstante a capacidade de lê-los, portanto, adoração ao texto.
Trabalho: atividade que produz e informa objetos.
Traduzir: mudar de um código para outro, portanto, saltar de um universo a outro.
Universo: conjunto das combinações de um código, ou dos significados de um código.
Valor: dever-se.
Válido: algo que é como deve ser.




continua pág 07



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SOBRE O AUTOR 
na edição brasileira de 1985


Nascido em Praga em 1920, Vilém Flusser iniciou seus estudos de Filosofia na Universidade Carolíngia de Praga, em 1933. Emigrou para Londres em 1940 e para São Paulo em 1941. Seus primeiros ensaios sobre Linguística e Filosofia foram publicados 1957 no “Suplemento Literário” d’O Estado de São Paulo, do qual passou a ser colaborador constante. Em 1962 tornou-se membro do Instituto Brasileiro de Filosofia e professor de Filosofia da Comunicação na Faculdade Armando Álvares Penteado (FAAP), em São Paulo. Tornou-se co-editor da Revista Brasileira de Filosofia em 1964 tendo sido nomeado delegado especial do Ministério das Relações Exteriores para cooperação cultural com os Estados Unidos e a Europa, em 1966. Entre 1965 e 1970, organizou seminários e conferências no Departamento de Humanidades do Instituto Tecnológico da Aeronáutica (ITA) sobre a Filosofia da Linguagem e abriu espaço em jornal par escrever crônicas diárias sobre filosofia do cotidiano (“Posto Zero”, da Folha de São Paulo). Em 1972, mudou-se para a Itália e, em 1976, para a França, onde reside atualmente, publicando principalmente na Alemanha e França. Publicou os livros: Língua e Realidade (São Paulo, Herder, 1963); A História do Diabo (São Paulo, Martins, 1965); Da Religiosidade (São Paulo, Comissão Estadual de Cultura, 1967); La Force du Quotidien (Paris, Mame, 1972); Le Monde Codifié (Paris, Institut de l’Enviroment, 1972); Naturalmente (São Paulo, Duas Cidades, 1979); Pós – História (São Paulo, Duas Cidades, 1982); Für eine Philosophie der Fotografie (Göttingen, European Photography, 1983); Ins Universum der technischen Bilder (Göttingen, European Photography, 1985).




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Flusser, Vilém, 1920 – 
Filosofia da caixa preta – São Paulo : Hucitec, 1985. - 92 p. 

EDITORA HUCITEC
São Paulo, 1985
Direitos autorais 1983 de Vilém Flusser. Título do original alemão: Für eine Philosophie der Fotografie. Tradução do autor. Direitos de publicação em língua portuguesa reservados pela Editora de Humanismo, Ciência e Tecnologia “Hucitec” Ltda., Rua Comendador Eduardo Saccab, 344 – 04602 – São Paulo, Brasil. Tel.: (011) 61-6319. 
Projeto gráfico: Estúdio Hucitec. 
Capa: Fred Jordan. 
Foto da contracapa: Sakae Tajima.

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quarta-feira, 3 de novembro de 2021

Moby Dick: 2 O saco de viagem

  Moby Dick



Herman Melville




2 O saco de viagem


Coloquei uma ou duas camisas no meu velho saco de viagem, prendi-o embaixo do braço e parti rumo ao cabo Horn e ao Pacífico. Deixando a boa cidade da velha Manhatto, logo cheguei a New Bedford. Foi em dezembro, numa noite de sábado. Fiquei muito decepcionado ao saber que o pequeno paquete para Nantucket já havia partido e que não encontraria outro meio de transporte até a segunda-feira seguinte.

Visto que a maioria dos jovens candidatos às dores e aos castigos da pesca de baleias sempre se detém em New Bedford, para daí embarcar em suas viagens, devo relatar que eu, por mim, não tive essa intenção. Estava decidido a navegar somente numa embarcação de Nantucket, porque havia algo de belo e impetuoso em tudo que se relacionava àquela famosa ilha, que me agradava sobremaneira. Além disso, apesar de New Bedford estar cada vez mais monopolizando o comércio baleeiro, deixando a velha e pobre Nantucket para trás, a verdade é que Nantucket foi seu modelo grandioso – a Tiro dessa Cartago –; o lugar onde encalhou a primeira baleia norte-americana morta. De onde, a não ser de Nantucket, sairiam de canoa os baleeiros nativos, os peles-vermelhas, para pela primeira vez caçar o Leviatã? De onde, a não ser de Nantucket também, zarparia a primeira chalupa aventureira, em parte carregada com paralelepípedos importados – assim reza a história –, para serem atirados nas baleias, com o intuito de descobrir se estas estavam tão próximas que se poderia arriscar um arpão do gurupés?

Ora, como eu tinha ainda que passar uma noite, um dia e mais outra noite em New Bedford antes de embarcar para o meu porto de destino, comecei a me preocupar com um lugar para comer e dormir nesse meio tempo. Era uma noite duvidosa, não, uma noite muito escura e lúgubre, de frio cortante e melancólica. Não conhecia ninguém naquele lugar. Depois de ansiosa procura, encontrei apenas umas moedas de prata no meu bolso, – Bem, aonde quer que você vá, Ishmael, disse a mim mesmo, parado no meio de uma rua triste, com o saco de viagem no ombro, comparando a escuridão do norte com as trevas do sul, – onde quer que, em seu juízo, você decida se alojar por esta noite, meu caro Ishmael, não se esqueça de perguntar pelo preço, e não seja muito exigente.

Com passos hesitantes, andei pelas ruas, passei diante da placa Arpões Cruzados – estalagem que me pareceu cara e agitada demais. Mais adiante, da fulgurante janela vermelha da estalagem Peixe-Espada saíam uns feixes de luz tão ardentes, que pareciam ter derretido a neve e o gelo acumulados diante da casa, pois em todas as outras partes havia uma camada espessa de gelo de dez polegadas que cobria a calçada numa dura pavimentação de asfalto – cujas saliências eram dolorosas para mim, porque a sola de minha bota, de tantos serviços duros e impiedosos, estava num estado lastimável. Cara e agitada demais, pensei de novo, parando um instante para observar a luz ofuscante na rua e ouvir o tilintar dos copos de dentro. Continue, Ishmael, disse afinal; não ouviu? Saia da frente dessa porta, suas botas remendadas estão atrapalhando o caminho. E assim fui embora. Por instinto, segui as ruas que conduziam ao mar, pois, sem dúvida alguma, lá estariam as estalagens mais baratas e talvez mais acolhedoras.

Que ruas sinistras! Dos dois lados, quadras de escuridão, não de casas, e aqui e ali uma vela, como a que se movesse numa sepultura. Àquela hora da noite do último dia da semana, aquele quarteirão da cidade parecia tudo, menos deserto. Dentro em pouco vi uma luz enfumaçada, vinda de um prédio baixo e largo, cuja porta se encontrava hospitaleiramente aberta. Tinha um aspecto descuidado, como se fosse para o uso público; assim, ao entrar, a primeira coisa que fiz foi tropeçar numa caixa de cinzas na varanda. Ah!, pensei, Ah!, enquanto as partículas voadoras quase me sufocavam, seriam estas as cinzas daquela cidade destruída, Gomorra? Mas “Arpões Cruzados” e “Peixe-Espada”? – Esta deve ser, então, a placa de “A Armadilha”. Mas logo me recompus e, ouvindo uma voz alta vinda de dentro, empurrei e abri uma segunda porta interna.

Parecia o grande Parlamento Negro reunido em Tofet. Cem rostos negros viraram-se para olhar; mais adiante, um Anjo Negro do Juízo Final socava um livro no púlpito. Era uma igreja de negros; e o texto do pregador versava sobre a escuridão das trevas, e sobre os choros e os lamentos e os dentes que ali rangiam. Ah! Ishmael, murmurei ao sair, que péssimo espetáculo sob a placa de “A Armadilha”!

Prosseguindo, cheguei afinal a uma luz externa, perto do cais, e ouvi um rangido sem esperança no ar; olhando para cima, vi uma tabuleta que balançava em cima da porta com uma pintura branca, que representava vagamente um jato comprido e reto de espuma enevoada, este subscrito com as seguintes palavras – Estalagem do Jato: – Peter Coffin [caixão].

Caixão? – Baleia? – Essa associação é tão agourenta, pensei. Mas dizem que é um nome comum em Nantucket, e acredito que este Peter aqui tenha vindo de lá. Como a luz era fraca, e o lugar, pela hora, parecia bastante tranquilo, e a própria casinha de madeira estragada parecia ter sido carregada para lá das ruínas de um bairro incendiado, e como a placa oscilante rangia com uma certa pobreza, achei que aqui era o lugar certo para uma acomodação barata e o melhor chá de ervilhas.

Era um lugar esquisito – uma velha casa, terminada em empena, com um lado paralisado, por assim dizer, tristemente curvada para a frente. Ficava numa esquina aguda e desolada, onde aquele tempestuoso vento Euroaquitão fazia um uivo pior do que em torno da embarcação sacolejada do pobre Paulo. Não obstante, o Euroaquitão é um zéfiro muito agradável para os que estão dentro de casa, com os pés perto da lareira, preparando-se para deitar. “Ao julgar aquele vento tempestuoso chamado Euroaquitão”, diz um velho escritor – de cujas obras eu tenho o único exemplar que sobreviveu –, “faz uma diferença enorme se olhares de uma janela de vidro, com o gelo do lado de fora, ou se o observares da janela sem caixilho, com o gelo de ambos os lados e da qual a Morte veloz é o único vidraceiro.” Quando essa passagem me ocorreu, pensei – falaste bem, Antigo. Sim, estes olhos são as janelas e este meu corpo é a casa. Que pena que não fecharam as fendas e as rachaduras com um pouco de linho aqui e ali. Mas agora é tarde demais para fazer qualquer melhoria. O universo está terminado; a última pedra foi colocada, e os restos levados embora há um milhão de anos. Pobre Lázaro, batendo os dentes contra o meio-fio que tem como travesseiro, sacudindo os farrapos com seus tremores, você poderia tampar o ouvido com trapos e colocar uma espiga de milho na boca e, ainda assim, não conseguiria proteger-se do tempestuoso Euroaquitão. Euroaquitão!, diz o velho rico, em seu roupão de seda vermelho (depois teve um mais vermelho) – Ora! Que bela noite gelada; como Órion cintila; que aurora boreal! Que falem de seus climas de verões orientais com estufas sempiternas; quero ter o privilégio de fazer meu próprio verão com meu próprio carvão.

Mas o que pensa Lázaro? Pode aquecer as suas mãos azuis com a magnífica aurora boreal? Lázaro não teria preferido estar em Sumatra em vez de aqui? Não teria preferido se esticar na linha do Equador? Sim, deuses! Descer ao próprio inferno para se proteger desse gelo?

Ora, é mais maravilhoso que Lázaro se tenha atracado na calçada diante da porta de Dives do que se uma montanha de gelo tivesse sido ancorada em uma das Molucas. O próprio Dives vive como um Czar num palácio de gelo feito de lamentos congelados e, como presidente de uma sociedade de moderação, apenas bebe as lágrimas tépidas dos órfãos.

Mas basta de pranto; nós vamos a uma pesca baleeira e ainda há muito pela frente. Vamos tirar o gelo de nossos pés gelados e ver que tipo de lugar é essa Estalagem do Jato.


Continua na página 26


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Moby Dick: Etimologia, Excertos, Citações
Moby Dick: 1 Miragens
Moby Dick: 2 O saco de viagem
Moby Dick: 3.1 A Estalagem do Jato 


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Moby Dick é um romance do escritor estadunidense Herman Melville, sobre um cachalote (grande animal marinho) de cor branca que foi perseguido, e mesmo ferido várias vezes por baleeiros, conseguiu se defender e destruí-los, nas aventuras narradas pelo marinheiro Ishmael junto com o Capitão Ahab e o primeiro imediato Starbuck a bordo do baleeiro Pequod. Originalmente foi publicado em três fascículos com o título "Moby-Dick, A Baleia" em Londres e em Nova York em 1851,

O livro foi revolucionário para a época, com descrições intrincadas e imaginativas do personagem-narrador, suas reflexões pessoais e grandes trechos de não-ficção, sobre variados assuntos, como baleias, métodos de caça a elas, arpões, a cor do animal, detalhes sobre as embarcações, funcionamentos e armazenamento de produtos extraídos das baleias.

O romance foi inspirado no naufrágio do navio Essex, comandado pelo capitão George Pollard, que perseguiu teimosamente uma baleia e ao tentar destruí-la, afundou. Outra fonte de inspiração foi o cachalote albino Mocha Dick, supostamente morta na década de 1830 ao largo da ilha chilena de Mocha, que se defendia dos navios que a perturbavam.

A obra foi inicialmente mal recebida pelos críticos, assim como pelo público por ser a visão unicamente destrutiva do ser humano contra os seres marinhos. O sabor da amarga aventura e o quanto o homem pode ser mortal por razões tolas como o instinto animal, sendo capaz de criar seus fantasmas justamente por sua pretensão e soberba, pode valer a leitura. 


E você com que se identifica?


terça-feira, 2 de novembro de 2021

Gabriel G Márquez - Cem Anos de Solidão (3.3) - ... Ele mesmo diante do pelotão de fuzilamento

  Cem Anos de Solidão


Gabriel Garcia Márquez


(3.3)



para jomí garcía ascot 

e maría luisa elío





continuando...



Aquela opinião, que Úrsula só compreendeu alguns meses depois era a única que ele podia expressar sinceramente no momento, não só no que diz respeito ao casamento, mas a qualquer assunto que não fosse a guerra. Ele mesmo diante do pelotão de fuzilamento, não haveria de entender muito bem como se fora encadeando a série de sutis mas irrevogáveis casualidades que o tinham levado a esse ponto. A morte de Remedios não lhe produzira a comoção que temia. Foi mais um surdo sentimento de raiva que paulatinamente se dissolveu numa frustração solitária e passiva, semelhante à que experimentara na época em que estava resignado a viver sem mulher. Voltou a afundar-se no trabalho, mas conservou o costume de jogar dominó com o sogro. Numa casa amordaçada pelo luto, as conversas noturnas consolidaram a amizade dos dois homens. “Case outra vez, Aurelito”, dizia-lhe o sogro. “Tenho seis filhas para você escolher.” Certa ocasião, às vésperas das eleições, o Sr. Apolinar Moscote voltou de uma das suas frequentes viagens preocupado com a situação política do país. Os liberais estavam decididos a se lançar à guerra. Como Aurelíano tinha nessa época noções muito confusas das diferenças entre conservadores e liberais, o sogro lhe dava lições esquemáticas. Os liberais, dizia, eram maçons; gente de má índole, partidária de enforcar os padres, de instituir o casamento civil e o divórcio, de reconhecer iguais direitos aos filhos naturais e aos legítimos, e de despedaçar o país num sistema federal que despojaria de poderes a autoridade suprema. Os conservadores, ao contrário, que tinham recebido o poder diretamente de Deus, pugnavam pela estabilidade da ordem pública e pela moral familiar; eram os defensores da fé de Cristo, do princípio de autoridade, e não estavam dispostos a permitir que o país fosse esquartejado em entidades autônomas. Por sentimentos humanitários, Aureliano simpatizava com a atitude liberal, no que se refere aos direitos dos filhos naturais, mas, de qualquer maneira, não entendia como se chegava ao extremo de fazer uma guerra por coisas que não se podiam tocar com as mãos. Pareceu-lhe um despropósito que o seu sogro fizesse vir para as eleições seis soldados armados com fuzis, sob o comando de um sargento, num povoado sem paixões políticas. Não só chegaram, mas foram até de casa em casa, confiscando armas de caça, facões e até facas de cozinha, antes de repartir entre os homens maiores de vinte e um anos as cédulas azuis, com os nomes dos candidatos conservadores, e as cédulas vermelhas, com os nomes dos candidatos liberais. Na véspera das eleições, o próprio Sr. Apolinar Moscote leu uma ordem que proibia, desde a meia-noite de sábado, e por quarenta e oito horas, a venda de bebidas alcoólicas e a reunião de mais de três pessoas que não fossem da mesma família. As eleições transcorreram sem incidentes. Desde as oito da manhã de domingo, instalou-se na praça a urna de madeira guardada pelos seis soldados. Votou-se com inteira liberdade, como pôde comprovar o próprio Aureliano que esteve quase o dia inteiro com o sogro, vigiando para ninguém votasse mais de uma vez. As quatro da tarde, o rufar de um tambor na praça anunciou o término da jornada, e o Sr. Apolinar Moscote selou a urna com uma etiqueta atravessada pela sua assinatura. Nessa noite, enquanto jogava dominó com Aureliano, ordenou ao sargento rasgar a etiqueta para contar os votos. Havia quase tantas cédulas vermelhas quanto azuis, mas o sargento só deixou dez vermelhas e completou a diferença com azuis. Depois voltaram a selar a urna com uma etiqueta nova e no dia seguinte cedo levaram-na para a capital da província. “Os liberais irão à guerra”, disse Aureliano. O Sr. Apolinar não abandonou as suas pedras de dominó. “Se você está dizendo isso por causa da troca das cédulas, não irão”, disse. “Sempre se deixam algumas verbas para não haver reclamação.” Aureliano compreendeu as desvantagens da oposição. “Se eu fosse liberal”, disse, “iria à guerra por causa do negócio das cédulas.” O sogro o olhou cima dos óculos.

— Ah, Aurelito — disse — se você fosse liberal, ainda que fosse meu genro, não teria visto a troca das cédulas.

O que na verdade causou indignação no povoado não foi o resultado das eleições, mas o fato de os soldados não terem devolvido as armas. Um grupo de mulheres falou com Aureliano para que conseguisse do sogro a devolução das facas de cozinha. O Sr. Apolinar Moscote lhe explicou, muito em particular, que os soldados tinham levado as armas confiscadas como prova de que os liberais estavam se preparando para a guerra. Ficou alarmado com o cinismo da declaração. Não fez nenhum comentário, mas certa noite em que Gerineldo Márquez e Magnífico Visbal falavam com outros amigos do incidente das facas, perguntaram-lhe se era liberal ou conservador e Aureliano não vacilou:

— Se fosse preciso ser alguma coisa, eu seria liberal — disse porque os conservadores são uns trapaceiros.

No dia seguinte, por insistência dos amigos, foi visitar o Doutor Alirio Noguera para que o curasse de uma pretensa no fígado. Não sabia sequer o sentido da patranha. O Doutor Alirio Noguera chegara a Macondo poucos anos antes, com uma maleta de comprimidos sem sabor e uma divisa médica que não convenceu ninguém: “Uma doença cura a outra.” Na verdade era um farsante. Detrás da sua inocente fachada de médico sem prestígio, escondia-se um terrorista que tapava com polainas de meia-perna as cicatrizes que deixaram nos seus tornozelos cinco anos de cadeia. Capturado na primeira aventura federalista, conseguiu fugir para Curaçao disfarçado na roupa que mais detestava neste mundo: uma batina. Ao fim de um prolongado desterro, enganado pelas exaltadas notícias que os exilados de todo o Caribe traziam a Curaçao, embarcou numa escuna de contrabandistas e apareceu em Riohacha com os vidrinhos de comprimidos que não eram mais que açúcar refinado, e um diploma da Universidade de Leipzig falsificado por ele mesmo: Chorou de desilusão. O fervor federalista, que os exilados definiam como um estopim já quase aceso, tinha-se dissolvido numa vaga ilusão eleitoral. Amargurado pelo fracasso, ansioso por um lugar seguro onde esperar a velhice, o falso homeopata se refugiou em Macondo. No estreito quartinho abarrotado de frascos vazios que alugou num canto da praça, viveu vários anos dos doentes sem esperanças que, depois de terem provado tudo, se consolavam com comprimidos de açúcar. Seus instintos de agitador permaneceram em repouso enquanto o Sr. Apolinar Moscote foi uma autoridade decorativa. Passava o tempo em recordações e na luta contra a asma. A proximidade das eleições foi o fio que lhe permitiu encontrar de novo o novelo da subversão. Estabeleceu contato com a gente jovem do povoado, que carecia de formação política, e se empenhou numa sigilosa campanha de instigação. As numerosas cédulas vermelhas que apareceram na urna, e que foram atribuídas pelo Sr. Apolinar Moscote à mania de novidade da juventude, eram parte do seu plano: obrigou os discípulos a votarem, para convencê-los de que as eleições eram uma farsa. “A única coisa eficaz”, dizia, “é a violência.” A maioria dos amigos de Aureliano andava entusiasmada com a ideia de liquidar a ordem conservadora, mas ninguém tinha se atrevido a incluí-lo nos planos, não só pelos seus vínculos com o delegado, mas também pelo temperamento solitário e evasivo. Era mais que sabido, além disso, que tinha votado azul por indicação do sogro. De modo que foi uma simples casualidade que revelasse os seus sentimentos políticos, e foi uma mera pontinha de curiosidade o que veio a lhe dar na veneta de visitar o médico, para tratar de uma dor que não tinha. Na pocilga cheirando a teia aranha canforada, deu de cara com uma espécie de lagarto empoeirado cujos pulmões assoviavam ao respirar. Antes de fazer qualquer pergunta, o doutor o levou à janela e examinou a parte de dentro da pálpebra inferior. “Não é aí”, disse Aureliano, conforme tinham ensinado. Apertou o fígado com ponta dos dedos e acrescentou: “É aqui que tenho a dor que não me deixa dormir.” Então o Doutor Noguera fechou a janela sob o pretexto de que havia muito sol, e lhe explicou em termos simples por que era um dever patriótico assassinar os conservadores. Durante vários dias, Aureliano carregou um vidrinho no bolso da camisa. Tirava-o de duas em duas horas, punha três comprimidos na palma da mão e jogava-os na boca para dissolvê-los lentamente na língua. O Sr. Apolinar Moscote caçoou da sua fé na homeopatia, mas os que estavam no complô reconheceram nele mais um dos seus. Quase todos os filhos dos fundadores estavam implicados, embora nenhum soubesse concretamente em que consistia a ação que os mesmos tramavam. Entretanto, no dia em que o médico velou o segredo a Aureliano, este tirou o corpo fora da conspiração. Embora estivesse mais do que convencido da urgência de liquidar com o regime conservador, o plano o horrorizou. O Doutor Noguera era um místico do atentado pessoal. O seu sistema se reduzia a coordenar uma série de ações individuais que, num golpe de mestre de alcance nacional, liquidasse com os funcionários do regime e as suas respectivas famílias, sobretudo as crianças, para exterminar o conservadorismo na semente. O Sr. Apolinar Moscote, sua esposa e suas seis filhas, evidentemente, estavam na lista.

— O senhor não é liberal coisa nenhuma — disse Aureliano sem se alterar. — O senhor não passa de um magarefe.

— Nesse caso — replicou o doutor com a mesma calma — devolva o vidrinho. Você já não precisa dele.

Apenas seis meses mais tarde é que Aureliano soube que o doutor o tinha desacreditado como homem de ação, por ser um sentimental sem futuro, com um temperamento passivo e uma clara vocação solitária. Trataram de o cercar, temendo que denunciasse a conspiração. Aureliano tranquilizou-os: não diria uma palavra, mas na noite em que fossem assassinar família Moscote encontrá-lo-iam defendendo a porta. Demonstrou uma decisão tão convincente que o plano foi adiado por tempo indeterminado. Foi por esses dias que Úrsula consultou a sua opinião sobre o casamento de Pietro Crespi e Amaranta, e ele respondeu que a época não estava para pensar nestas coisas. Há uma semana que trazia sob a camisa uma pistola arcaica. Vigiava os amigos. Ia de tarde tomar café com José Arcadio e Rebeca, que começavam a arrumar a sua casa, e desde as sete ficava jogando dominó com o sogro. Na hora do almoço conversava com Arcadio, que já era um adolescente monumental, e o encontrava cada vez mais exaltado com a iminência da guerra. Na escola, onde Arcadio tinha alunos mais velhos que ele, misturados com crianças que mal começavam a falar, tinha-se alastrado a febre liberal. Falava-se em fuzilar o Padre Nicanor, converter o templo em escola, implantar o amor livre. Aureliano procurou arrefecer os seus ânimos. Recomendou-lhes discrição e prudência. Surdo ao seu raciocínio sereno, ao seu sentido da realidade, Arcadio reprovou em público a sua debilidade de temperamento. Aureliano esperou. Por fim, no início de dezembro, Úrsula irrompeu transtornada na oficina.

— Rebentou a guerra!

Realmente, rebentara há três meses. A lei marcial imperava em todo o país. O único a sabê-lo era o Sr. Apolinar Moscote, que não deu a noticia nem à sua mulher enquanto não chegava o pelotão do exército que haveria de ocupar o povoado de surpresa. Entraram de mansinho antes do amanhecer, com duas peças de artilharia ligeira puxadas por mulas, e instalaram o quartel na escola. Impôs-se o toque de recolher às seis da tarde. Fez-se uma revista mais drástica que a anterior, casa por casa, e desta vez levaram até as ferramentas de agricultura. Levaram arrastado o Doutor Noguera, amarraram-no a uma árvore da praça e o fuzilaram sem qualquer julgamento. O Padre Nicanor tratou de impressionar as autoridades militares com o milagre da levitação e um soldado lhe deu uma coronhada na cabeça. A exaltação liberal se apagou num terror silencioso. Aureliano, pálido, hermético, continuou jogando dominó com o sogro. Compreendeu que apesar do seu título atual de chefe civil e militar da praça, o Sr. Apolinar Moscote era outra vez uma autoridade decorativa. As decisões quem tomava era um capitão do exército que todas as manhãs recolhia um tributo extraordinário para a defesa da ordem pública. Quatro soldados, a mando seu, arrebataram de casa uma mulher que tinha sido mordida por um cão raivoso e a mataram a coronhadas em plena rua. Um domingo, duas semanas depois da ocupação, Aureliano entrou na casa de Gerineldo Márquez e com a sua parcimônia habitual pediu uma caneca café sem açúcar. Quando os dois ficaram sozinhos na cozinha Aureliano imprimiu à voz uma autoridade que nunca lhe havia conhecido. “Prepare os rapazes”, disse. “Vamos para a guerra.” Gerineldo Márquez não acreditou.

— Com que armas? — perguntou.

— Com as deles — respondeu Aureliano.

Na terça-feira, à meia-noite, numa operação tresloucada vinte e um homens menores de trinta anos, chefiados por Aureliano Buendía, armados com facas de mesa e ferros afiados tomaram de assalto a guarnição, apoderaram-se das armas e fuzilaram no pátio o capitão e os quatro soldados que tinham assassinado a mulher. Nessa mesma noite, enquanto se escutavam as descargas do pelotão de fuzilamento, Arcadio foi nomeado chefe civil e militar da praça Os rebeldes casados mal tiveram tempo de despedir das esposas, que abandonaram aos seus próprios recursos. Foram embora ao amanhecer, aclamados pela população liberada do terror, para se unir às forças do general revolucionário Victorio Medina, que, segundo as últimas noticias, andava pelo rumo de Manaure. Antes de ir embora, Aureliano tirou o Sr. Apolinar Moscote de um armário. “O senhor fique tranquilo, meu sogro”, disse a ele. “O novo governo garante, sob palavra de honra, a sua segurança pessoal e a da sua família.” O Sr. Apolinar Moscote teve dificuldade de identificar aquele conspirador de botas altas e fuzil pendurado no ombro com quem tinha jogado dominó até as nove da noite.

— Isto é um disparate, Aurelito — exclamou.

— Disparate nenhum — disse Aureliano. — É a guerra. E não torne a me chamar de Aurelito, porque já sou o Coronel Aureliano Buendía.




continua página 67...


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Chico Buarque - Ópera do Malandro (introdução)

 Ópera do malandro



Chico Buarque 
 

Ópera do malandro
americanismo: da pirataria à modernização autoritária (e o que se pode seguir)
 

"A multidão vai estar é seduzida" — Teresinha Fernandes de Duran




INTRODUÇÃO


Luz no produtor, de smoking, à frente da cortina fechada



PRODUTOR
Prezados espectadores, boa noite. Alguém já disse que, quando o artista sente a necessidade de explicar sua arte ao público, um dos dois é burro. É excusado dizer que não pretendemos arremessar semelhante adjetivo sobre a distinta plateia. Quanto a nós, mesmo correndo o risco de endossar tal qualificação, achamos por bem dirigir-lhes umas palavrinhas à guisa de introdução. Eu pessoalmente, como produtor deste espetáculo, devo dizer que ele representa uma nova vereda para a nossa companhia teatral. Acredito que é tempo de abrirmos os olhos para a realidade que nos cerca, que nos toca tão de perto e que às vezes relutamos em reconhecer. E a nossa companhia chegou à conclusão que é chegada a hora e a vez do autor nacional, esse profissional sempre às voltas com intrincados problemas que o impedem de se comunicar mais amiúde com seus conterrâneos e, não raro, de viver dignamente do ofício que um dia resolveu abraçar. Pois bem. Após longa e persistente pesquisa, logramos encontrar uma peça de autor ainda inédito em nossos palcos mas que goza de palpável prestígio nas chamadas rodas de malandragem da noite carioca. E estou certo de que não há desdouro algum para o curriculum da companhia que aqui represento em montar esta "Ópera do Malandro", cujo autor eu gostaria de chamar neste momento ao palco. Com vocês, João Alegre! (João Alegre entra no palco vestido de malandro carioca) Boa noite, João! Devo dizer que Alegre abriu mão dos direitos autorais relativos ao espetáculo desta noite, permitindo que a bilheteria revertesse integralmente para as obras caritativas da Morada da Mãe Solteira que, como todos sabemos, é uma organização que vem prestando inestimáveis serviços à nossa sociedade. E neste instante eu tenho o prazer de chamar ao palco a presidente da Morada da Mãe Solteira, sra. Vitória Fernandes de Duran... Onde está dona Vitória? Ah, sim, lá vem vindo ela... Os senhores que contribuíram para o brilho desta noitada beneficente certamente conhecem as muitas virtudes da senhora Vitória. . . Boa noite, dona Vitória! (Puxa aplausos)


VITÓRIA
Muitíssimo obrigada! Saibam todos que o orgulho é todo meu em ter esta chance de vincular o nome da Morada da Mãe Solteira ao de uma companhia que só tem feito abrilhantar o Teatro com "T" maiúsculo em nosso país e no exterior!


PRODUTOR
O que o público provavelmente não conhece é o talento dramático de dona Vitória. Sim senhores! Tenho o gosto de anunciar que nesta noite tão especial o nosso elenco contará com a generosa participação da própria senhora Vitória Fernandes de Duran! Em pessoa e ao vivo! (Black-out)


PRÓLOGO
A cortina permanece fechada; luz em João Alegre que batuca numa caixinha de fósforos; a orquestra entra aos poucos
João Alegre canta "O Malandro"


O malandro / Na dureza
Senta à mesa / Do café
Bebe um gole / De cachaça
Acha graça / E dá no pé
O garçom no / Prejuízo
Sem sorriso / Sem freguês
De passagem / Pela caixa
Dá uma baixa / No português
O galego / Acha estranho
Que o seu ganho / Tá um horror
Pega o lápis / Soma os canos
Passa os danos / Pro distribuidor
Mas o frete / Vê que ao todo
Há engodo / Nos papéis
E pra cima / Do alambique
Dá um trambique / De cem mil réis
O usineiro / Nessa luta
Grita puta / Que o pariu
Não é idiota / Trunca a nota
Lesa o Banco / Do Brasil
Nosso banco/Tá cotado
No mercado/Exterior
Então taxa/A cachaça
A um preço/Assustador
Mas os ianques/Com seus tanques
Têm bem mais o/Que fazer
E proíbem /Os soldados
Aliados/De beber
A cachaça/Tá parada
Rejeitada/No barril
O alambique/Tem chilique
Contra o Banco/Do Brasil
O usineiro/Faz barulho
Com orgulho/De produtor
Mas a sua/Raiva cega
Descarrega/No carregador
Este chega/Pro galego
Nega arreglo/Cobra mais
A cachaça /Tá de graça
Mas o frete/Como é que faz?
O galego/Tá apertado
Pro seu lado /Não tá bom
Então deixa/Congelada
A mesada/Do garçom
O garçom vê/Um malandro
Sai gritando/Pega ladrão
E o malandro/Autuado
É julgado e condenado culpado
Pela situação


Breque na orquestra; black-out



O Malandro





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NOTA 

O texto da "Ópera do Malandro" ê baseado na "Ópera dos Mendigos" (1728), de John Gay, e na "Ópera dos Três Vinténs" (1928), de Bertolt Brecht e Kurt Weill. O trabalho partiu de uma análise dessas duas peças conduzida por Luís Antônio Martinez Corrêa e que contou com a colaboração de Maurício Sette, Marieta Severo, Rita Murtinho, Carlos Gregório e, posteriormente, Maurício Arraes. A  equipe também cooperou na realização do texto final através de leituras, críticas e sugestões. Nessa etapa do trabalho, muito nos valeram os filmes "Ópera dos Três Vinténs", de Pabst, e "Getúlio Vargas", de Ana Carolina, os estudos de Bernard Dort ("O Teatro e Sua Realidade"), as memórias de Madame Satã, bem como a amizade e o testemunho de Grande Otelo. Contamos ainda com a orientação do prof. Manoel Maurício de Albuquerque para uma melhor percepção dos diferentes momentos históricos em que se passam as três "óperas". E o prof. Luiz Werneck Vianna contribuiu com observações muito esclarecedoras. Esta peça é dedicada à lembrança de Paulo Pontes. 

Chico Buarque Rio, junho de 1978


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Leia também:

Chico Buarque - Ópera do Malandro (prefácio e nota)
Chico Buarque - Ópera do Malandro (introdução)
Chico Buarque - Ópera do Malandro / 1o. Ato - Cena 1 (1)

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Chico Buarque - foi musicando o poema "Morte e Vida Severina", de João Cabral de Mello Neto, encenado pelo grupo universitário TUCA, que Chico Buarque se revelou como compositor, dois anos antes do sucesso de "A Banda", "Roda Viva", sua primeira peça, teve uma carreira tumultuada: estreou no Rio, em 1967, com um sucesso que desgostou a muita gente; em São Paulo, os atores foram espancados durante o espetáculo e, em Porto Alegre, sequestraram a atriz Elizabeth Gasper. A peça acabou proibida pela censura.
Chico só voltou ao teatro em 1972. OU melhor: tentou voltar.. Depois de muito tempo e dinheiro gastos com ensaios e produção, "Calabar - O Elogio da Traição", teve sua encenação vetada. E a censura foi além: proibiu a imprensa de fazer qualquer referência à obra, aos autores e até ao próprio Calabar. Mas, transcrita em livro, a peça esgotou-se rapidamente.
No ano seguinte, outro sucesso de venda: "Fazendo Modelo - Uma Novela Pecuária". E, em 1975, apesar de inúmeros cortes, "Gota d'Água" chegou aos palcos de Rio e São Paulo, onde ficou por dois anos. Agora, aí está a "Ópera do Malandro", que estreou no Rio  a 26 de julho de 1978, e que é mais uma prova do gênio de Chico Buarque de Hollanda.