terça-feira, 6 de setembro de 2016

20. Pedro Páramo: Al amanecer, gruesas gotas de lluvia - Juan Rulfo

Juan Rulfo




20. Pedro Páramo: Al amanecer, gruesas gotas de lluvia





Al amanecer, gruesas gotas de lluvia cayeron sobre la tierra. Sonaban huecas al estamparse en el polvo blando y suelto de los surcos. Un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después. 

Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos. Sus ojos pequeños se alegraron. Dio hasta tres bocanadas de aquel sabor y sonrió hasta enseñar los dientes. 

«¡Vaya! -dijo-. Otro buen año se nos echa encima.» Y añadió: «Ven, agüita, ven. ¡Déjate caer hasta que te canses! Después córrete para allá, acuérdate que hemos abierto a la labor toda la tierra, nomás para que te des gusto». 

Y soltó la risa. 

El pájaro burlón que regresaba de recorrer los campos pasó casi frente a él y gimió con un gemido desgarrado. 


El agua apretó su lluvia hasta que allá, por donde comenzaba a amanecer, se cerró el cielo y pareció que la oscuridad, que ya se iba, regresaba. 

La puerta grande de la Media Luna rechinó al abrirse, remojada por la brisa. Fueron saliendo primero dos, luego otros dos, después otros dos y así hasta doscientos hombres a caballo que se desparramaron por los campos lluviosos. 

-Hay que aventar el ganado de Enmedio más allá de lo que fue Estagua, y el de Estagua córranlo para los cerros de Vilmayo -les iba ordenando Fulgor Sedano conforme salían-. ¡Y apriétenle, que se nos vienen encima las aguas! 

Lo dijo tantas veces, que ya los últimos sólo oyeron: «De aquí para allá y de allá para más allá». 

Todos y cada uno se llevaban la mano al sombrero para darle a entender que ya habían entendido. 

Y apenas había acabado de salir el último hombre, cuando entró a todo galope Miguel Páramo, quien, sin detener su carrera, se apeó del caballo casi en las narices de Fulgor, dejando que el caballo buscara solo su pesebre. 

-¿De dónde vienes a estas horas, muchacho? 

-Vengo de ordeñar. 

-¿A quién? 

-¿A que no lo adivinas? 

-Ha de ser a Dorotea la Cuarraca. Es a la única que le gustan los bebés.
-Eres un imbécil, Fulgor; pero no tienes tú la culpa. 

Y se fue, sin quitarse las espuelas, a que le dieran de almorzar. 

En la cocina, Damiana Cisneros también le hizo la misma pregunta: 

-Pero ¿de dónde llegas, Miguel? 

-De por ahí, de visitar madres. 

-No quiero que te enojes. Disimúlalo. ¿Cómo se te hacen los huevos? 

-Como a ti te gusten. 

-Te estoy hablando de buen modo, Miguel. 

-Lo entiendo, Damiana. No te preocupes. Oye, ¿tú conoces a una tal Dorotea, apodada la Cuarraca

-Sí. Y si tú la quieres ver, allí está afuerita. Siempre madruga para venir aquí por su desayuno. Es una que trae un molote en su rebozo y lo arrulla diciendo que es su crío. Parecer ser que le sucedió alguna desgracia allá en sus tiempos; pero, como nunca habla, nadie sabe lo que le pasó. Vive de limosna. 

-¡Maldito viejo! Le voy a jugar tina mala pasada que hasta le harán remolino los ojos. 

Después se quedó pensando si aquella mujer no le serviría para algo. Y sin dudarlo más fue hacia la puerta trasera de la cocina y llamó a Dorotea: 

-Ven para acá, te voy a proponer un trato -le dijo. 

Y quién sabe qué clase de proposiciones le haría, lo cierto es que cuando entró de nuevo se frotaba las manos: 

-¡Vengan esos huevos! -le gritó a Damiana. Y agregó-: De hoy en adelante le darás de comer a esa mujer lo mismo que a mí, no le hace que se te ampolle el codo. 

Mientras tanto, Fulgor Sedano se fue hasta las trojes a revisar la altura del maíz. Le preocupaba la merma porque aún tardaría la cosecha. A decir verdad, apenas si se había sembrado. «Quiero ver si nos alcanza.» Luego añadió: «¡Ese muchacho! Igualito a su padre; pero comenzó demasiado pronto. A ese paso no creo que se logre. Se me olvidó mencionarle que ayer vinieron con la acusación de que había matado a uno. Si así sigue...». 


Suspiró y trató de imaginar en qué lugar irían ya los vaqueros. Pero lo distrajo el potrillo alazán de Miguel del Páramo, que se rascaba los morros contra la barda. «Ni siquiera lo ha desensillado», pensó. «Nilo hará. Al menos don Pedro es más consecuente con uno y tiene sus ratos de calma. Aunque consiente mucho a Miguel. Ayer le comuniqué lo que había hecho su hijo y me respondió: "Hazte a la idea de que fui yo, Fulgor; él es incapaz de hacer eso: no tiene todavía fuerza para matar a nadie. Para eso se necesita tener los riñones de este tamaño." Puso sus manos así, como si midiera una calabaza. "La culpa de todo lo que él haga échamela a mí."» 

-Miguel le dará muchos dolores de cabeza, don Pedro. Le gusta la pendencia. 

-Déjalo moverse. Es apenas un niño. ¿Cuántos años cumplió? Tendrá diecisiete. ¿No, Fulgor? 

-Puede que sí. Recuerdo que se lo trajeron recién, apenas ayer; pero es tan violento y vive tan de prisa que a veces se me figura que va jugando carreras con el tiempo. Acabará por perder, ya lo verá usted. 

-Es todavía una criatura, Fulgor. 

-Será lo qué usted diga, don Pedro; pero esa mujer que vino ayer a llorar aquí, alegando que el hijo de usted le había matado a su marido, estaba de a tiro desconsolada. Yo sé medir el desconsuelo, don Pedro. Y esa mujer lo cargaba por kilos. Le ofrecí cincuenta hectolitros de maíz para que se olvidara del asunto; pero no los quiso. Entonces le prometí que corregiríamos el daño de algún modo. No se conformó.
-¿De-quién se trataba? 

-Es gente que no conozco. 

-No tienes pues por qué apurarte, Fulgor. Esa gente no existe. 

Llegó a las trojes y sintió el calor del maíz. Tomó en sus manos un puñado para ver si no lo había alcanzado el gorgojo. Midió la altura: «Rendirá -dijo-. En cuanto crezca el pasto ya no vamos a requerir darle maíz al ganado. Hay de sobra». 

De regreso miró al cielo lleno de nubes. «Tendremos agua para un buen rato.» Y se olvidó de todo lo demás.




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AO AMANHECER, grossas gotas de chuva caíram sobre a terra. Soavam ocas ao estampar-se no pó branco e solto dos sulcos. Um pássaro brincalhão cruzou no rés do chão e gemeu imitando o queixume de uma criança; um pouco adiante ouviu-se que ele dava gemidos como de cansaço, e ainda mais longe, lá onde o horizonte começava a se abrir, soltou um soluço e depois uma gargalhada, para tornar a gemer depois. 

Fulgor Sedano sentiu o cheiro da terra e saiu para ver como a chuva deflorava os sulcos. Seus olhos pequenos se alegraram. Até aspirou três bocadas daquele sabor e sorriu até mostrar os dentes. 

“Que coisa!” — disse ele. “Outro bom ano está chegando.” E acrescentou: “Vem, aguinha, vem. Deixe-se cair até cansar! Depois corre mais para lá, lembre-se que abrimos a terra inteira para a lavoura, só para você se dar esse gostinho.” 

E soltou o riso. 

O pássaro brincalhão que acabava de percorrer os campos passou quase na frente dele e gemeu um gemido desgarrado.



A água apertou sua chuva até que lá por onde começava o amanhecer, o céu se fechou e pareceu que a escuridão, que já estava indo embora, regressava. 


A porta grande da Media Luna rangeu ao abrir, empapada pela brisa. Foram saindo primeiro dois, depois outros dois, e mais outros dois, e assim até somarem duzentos homens a cavalo que se esparramaram pelos campos chuvosos. 

— É preciso arrebanhar o gado do Enmedio para lá do que foi Estagua, e o de Estagua é preciso encurralar lá para os montes de Vilmayo — ia ordenando Fulgor Sedano conforme eles saíam. — E agora mesmo, que as águas estão despencando em cima de nós! 

Disse isso tantas vezes que os últimos só ouviam: “Daqui para lá e de lá para mais para lá!” 

Todos e cada um levavam a mão ao chapelão para dar a entender que tinham entendido. 

E quando o último homem mal havia acabado de sair, entrou a todo galope Miguel Páramo, que, sem deter sua carreira, apeou do cavalo quase no nariz de Fulgor, deixando que o cavalo buscasse sozinho seu cocho. 

— E de onde você vem a essas horas, rapaz? 

— De ordenhar. 

— Ordenhar quem? 

— Você não adivinha? 

— Deve ser de ordenhar a Dorotea Perneta, a única que gosta de bebês. 

— Você é um imbecil, Fulgor; mas não por culpa sua. 

E saiu, sem tirar as esporas, atrás de almoço. 

Na cozinha, Damiana Cisneros também fez a ele a mesma pergunta: 

— Vindo de onde, Miguel? 

— De aí pelas vizinhanças, visitando mães. 

— Não é para se zangar. Disfarce. Como quer que eu prepare os ovos? 

— Do jeito que você gosta. 

— Estou falando direito com você, Miguel. 

— Está bem, Damiana. Não se preocupe. Escuta aqui, você conhece uma tal de Dorotea Perneta? 

— Conheço. E se você quiser vê-la, está logo aí fora. Madruga sempre para vir até aqui atrás do café da manhã. É uma que traz um embrulhinho de pano dentro do xale e fica embalando e dizendo que é seu filho. Parece que aconteceu alguma desgraça lá em seus tempos; mas, como nunca fala, ninguém sabe o que aconteceu. Vive de esmola. 

— Maldito velho! Vou armar uma para ele que vai ser de fazer redemoinho em seus olhos. 

Depois ficou pensando se aquela mulher não lhe serviria para alguma coisa. E, sem duvidar um instante, foi até a porta dos fundos da cozinha e chamou Dorotea: 

— Venha até aqui, que eu quero propor um trato — disse a ela. 

E quem saberá que tipo de proposta faria, mas o fato é que quando entrou de novo esfregava as mãos: 

— Mande logo esses ovos! — gritou para Damiana. E acrescentou: — De hoje em diante você vai dar de comer a essa mulher a mesma coisa que dá para mim, e não importa o que aconteça.


Enquanto isso, Fulgor Sedano foi até o celeiro revisar a altura do milho. Estava preocupado com a escassez porque ainda faltava muito para a colheita. Para falar a verdade, mal haviam acabado de semear. “Quero só ver se dá.” Depois, continuou: “Esse rapaz! Igualzinho ao pai; mas começou cedo demais. A esse passo, acho que não vai conseguir. Esqueci de mencionar a ele que ontem chegaram aqui com a acusação de que ele tinha matado alguém. Se continuar assim...” 

Suspirou e tratou de imaginar por onde andariam os vaqueiros. Mas o potro alazão de Miguel Páramo, que raspava o focinho contra a cerca, o distraiu. “Nem para tirar a sela”, pensou. “E não vai tirar. Pelo menos dom Pedro é mais responsável com a gente, e tem lá seus momentos de calma. Só que mima muito esse Miguel. Ontem contei a ele o que o filho tinha feito, e me respondeu: ‘Pense que fui eu, Fulgor; ele é incapaz de fazer isso: ainda não tem nem força para matar alguém. Para isso é preciso ter os rins deste tamanhão.’ Pôs as mãos assim, como se medisse uma abóbora. ‘Bote em mim a culpa de tudo que ele fizer’.” 

— Miguel há de lhe dar muitas dores de cabeça, dom Pedro. Ele gosta de criar caso. 

— Deixa ele se mexer. É só um menino. Quantos anos fez? Deve ser uns 17. Não é isso, Fulgor? 

— Pode ser. Lembro que foi trazido logo depois de nascer, como se fosse ontem; mas é tão violento e vive tão depressa que às vezes acho que está apostando corrida com o tempo. Vai acabar perdendo, o senhor haverá de ver. 

— Ainda é uma criança, Fulgor. 

— Será o que o senhor quiser, dom Pedro; mas essa mulher que veio ontem chorar aqui, alegando que o senhor seu filho tinha matado seu marido, estava desconsolada e sem remédio. Eu sei medir o desconsolo, dom Pedro. E essa mulher carregava quilos dele. Ofereci a ela 50 hectolitros de milho para que esquecesse o assunto; mas ela não quis. Então prometi que arranjaríamos um jeito de corrigir o dano. Mas ela não se conformou. 

— De quem se tratava? 

— É gente que eu não conheço. 

— Então você não tem por que se preocupar, Fulgor. Essa gente não existe. 

Chegou ao celeiro e sentiu o calor do milho. Tomou em suas mãos um punhado para ver se não tinha sido pego pelo gorgulho. Mediu a altura: “Renderá” disse. “Assim que o pasto crescer não vamos mais precisar de dar milho para o gado. Tem de sobra.” 

De volta olhou o céu cheio de nuvens: “Teremos água durante um bom tempo.” E se esqueceu de todo o resto.



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Rulfo, Juan Pedro Páramo / tradução e prefácio de Eric Nepomuceno. — Rio de Janeiro: BestBolso, 2008. Tradução de: Pedro Páramo ISBN 978-85-7799-116-7 1. Romance mexicano. I. Nepomuceno, Eric. II. Título

Pedro Páramo – Romance mais aclamado da literatura mexicana, Pedro Páramo é o primeiro de dois livros lançados em toda a vida de Juan Rulfo. O enredo, simples, trata da promessa feita por um filho à mãe moribunda, que lhe pede que saia em busca do pai, Pedro Páramo, um malvado lendário e assassino. Juan Preciado, o filho, não encontra pessoas, mas defuntos repletos de memórias, que lhe falam da crueldade implacável do pai. Vergonha é o que Juan sente. Alegoricamente, é o México ferido que grita suas chagas e suas revoluções, por meio de uma aldeia seca e vazia onde apenas os mortos sobrevivem para narrar os horrores da história. O realismo fantástico como hoje se conhece não teria existido sem Pedro Páramo; é dessa fonte que beberam o colombiano Gabriel Garcia Márquez e o peruano Mario Vargas Llosa, que também narram odisseias latino-americanas.


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